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municipio de los Alcázares

 

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Vamos a hablar de la costa tranquila y serena, la que solo se riza o está picada con el leveche, la mar chica, la de ese poema de Carmen Conde que dice:  Volvieron las repletas pantasanas, sobraron los palangres este día, los peces conseguidos sin esfuerzos, a oleadas rebosaban.

Nos adentramos en el Mar Menor, la laguna, la albufera, la playa de veraneo del campo de Cartagena, con la venia y permiso del Puerto de Mazarrón, Isla Plana o la Azohía.

El mojón, la Ribera, Lo Pagán, Los Alcázares, que mucha gente nombra como alcáceres, pero son con “a”,  los Urrutias y los Nietos. Después Islas Menores, Mar de Cristal y Playa Honda, y la Manga y Cabo Palos. Son los pueblos ribereños, de sal y sol. No hace muchos años que uno se podía apoyar en la pared de la torre de un molino de el Algar, por ejemplo, y divisar el azul verdoso de la laguna. Torre del Negro, Bocarambla, Punta Brava, lengua de la Vaca, tantas y tantas orillas de la laguna que han visto y pisado muchos pobladores a lo largo de los tiempos. Desde el Monte Miral se divisa el precioso lago, con el monasterio de San Ginés de Arlés abajo. Ese Santo que desde epoca morisca ha estado tan arraigado en la comarca cartagenera. Es raro no encontrar un Gines o una Ginesa  en Cartagena y su comarca.

Desde el cabezo gordo de Balsicas se divisa espléndida la laguna, hasta la Manga, que es la manga del Mar Menor. Desde los cabezos de los Belones, la sierra de Atamaría, o la atalaya de Cabo Palos, se divisa la laguna con sus siete islas. Siete islas como siete panes que podían quitar el hambre a unas cuantas familias y ser punto de atracción turística, sostenible, eso si. Pero alli están de piedra, inmóviles, aunque el actual consejero de Medio ambiente dice que la Perdiguera será centro de interpretación medioambiental y fuera los chiringuitos de sardina y tinto de verano, y tanta barquita de motor enturbiando el agua un poco enmedusada debido a los nitratos de las plantaciones de los campos limítrofes. Es cierto que hay             que cuidar del Mar menor porque nos quedamos sin él al menor descuido.

En la misma orilla del agua, donde decían los terratenientes del campo que había que tener la casa o alquilarla para veranear. En esa orilla del agua de los Alcázares o de los Nietos los indígenas iberos, y los romanos y los árabes tejieron redes y calafatearon embarcaciones, exportaron aceite y fabricaron salazones.

Cada playa tiene su gente. Y así se ha hecho costumbre durante décadas. Porque hace siglos no veraneaban, en todo caso se iban a disfrutar de clima sano para curar alguna enfermedad como la tisis. Decían que la Ribera era playa de señoritos madrileños y murcianos. Los Alcázares era para los cartageneros del campo, Albujón, Pozo Estrecho, la Palma, la Aljorra, y para los murcianos de la huerta, de Algezares, los Garres, El Palmar, Beniaján y otros cortijos de seda y morera.

El Puerto de Mazarrón se ocupa por gentes de Molinos Marfagones, los Puertos, Tallante, Cartagena, Fuente Alamo y por supuesto de Murcia capital. A Isla Plana van de Cartagena, Canteras, Perin. Cada zona tiene sus peculiaridades. Mas o menos marineras, mas o menos bulliciosas y mas o menos ociosas.

A mi, particularmente, me gustan los Alcázares. Porque los viví de niño, de joven y de más mayor. Y el recuerdo de ese olor a mar salada, de esa quietud celestial del agua, con brillo aceitoso y mañanero de superficie acristalada, te revierte a épocas pasadas.

La feria de los Alcázares eran barracas que sabían a compras prohibitivas. Se exponían muchas cosas, juguetes, pitos y pelotas, no tantas como ahora, pero se podía comprar sólo alguna cosa y en algún domingo. El aroma a aceite de las patatas de la Velezana, o el humo de la churrería, es imposible de apartar del hecho existencial.

Olía a mañana fresca, y a pescado, a sardina, jurel y boquerón. El balneario San Antonio, con sus barracas individuales, para desvestirse las mujeres decentes y ponerse el bañador que llegaba hasta los tobillos, descendiendo por las escalerillas, con riesgo sobrellevado de sufrir un resbalón, pero al fin y al cabo, una vez dentro del agua, ya no dejaban ver parte alguna de su escondida anatomía.

Había que bajar a los Alcázares a tomar un novenario de baños, nueve baños, que podían ser nueve en el mismo día, o en nueve jornadas, dependiendo de la economía familiar. Se iba en carro, antiguamente, y el que no tenia casa propia o alquilada, fondeaba con el carro en alguna orilla mas allá de la pescadería, donde ahora se empotra ese emjambre urbanístico de los Narejos y donde está el Centro de Alto Rendimiento Infanta Cristina. Alli estaba el mar solitario, casi en pura piedra y aromática alga, sin quererlo nadie ni para remojarse. Son solo 20 Kms2 de extensión, pero bien aprovechados, eso si.

Alli se paraba el carro o el camión años después, y colocaban toldos, y sacaban fiambreras, mesas y sillas. Si los ecologistas de entonces levantaran la cabeza y vieran cómo se han llenado sus playas. Había tan poca diversión que cualquier cosa era una maravilla. Después del baño y la buena comida, la siesta y acercarse hasta la Feria, a jugar a los futbolines, a pasear y comprar un chanvi.

Las calles frescas rujiadas de las mañanas, el bar de la Tropical y las partidas de domino y porras, y también se jugaba en La Fonda o se miraba como jugaban. La Fonda es el Hotel de la Encarnación, ese que fundó Carrión, y en el que estuvo su majestad Alfonso XIII, y frente al que se encontraba el balneario que destruyó un maremoto a principios del siglo XX. Se lo llevó una ola, como dice Rocío Jurado.

Y tambien estaba el comercio de el Globo, y la tienda de los Sevilla, y los Ramones, para degustar buenas viandas. Y el Buho, la discoteca de la costa de los setenta, y el Club la Concha, hoy magnificamente restaurado. 

El paseo de Manzanares, la Playa de las Palmeras, el Paseo de la Concha, el Hotel Corzo, y la aviación, la base aérea, donde gran parte de los mozos de los años 30 y 40 hicieron el servicio militar, donde algunos pasaron temerosos la guerra civil, hicieron grandes amigos y desde donde escribieron cartas de amor a las novias y cartas de nostalgia a la madre. Paseos por la orilla del agua, arriba y abajo, sin rumbo, sin ir a ningún sitio, de la Pescadería a la Aviación y viceversa, ida y vuelta. A pasear el cochecito del recién nacido, a que el niño arrastrase el camión de juguete o las mocitas en fase pubertaria fueran perseguidas por los mozos, aprendices rápidos de hombres, que habían dejado la faena de las plantaciones de verano y con la bicicleta y las pinzas recogiendo los bajos de los pantalones se llegaban hasta los Alcázares a ver si se les aparecía la compañera de su vida. En la feria estaban los puestos de torraos y helados y sonaban las coplas de moda.

Los Alcazares son moros, que dicen en estos campos, que es como decir árabes. Antes fue sede de factorías de salazones y garum romano, esa especie de hueva o mojama de la epoca augustea. Como las aguas eran calientes y ricas en yodo y otras sales, ya hicieron baños termales en el siglo II d, de C. y a principios del S. XX en el balneario de la Encarnación, inaugurado en 1904.

Pero su nombre es árabe, Al Qasar, el Palacio, y muy cerca está la Torre del Rami, torreón de defensa de los siglos XI-XII. Esta zona era residencia de verano de reyes, arráez y gobernadores murcianos, y después quedo en el olvido. Hierbas saladas, pastos y dehesas para los Arróniz, los Fontes, los Pacheco, y mas tarde los Inglés, Carrión, Manzanares, Menárguez, Zapatas y otras familias de estos campos.

No eran nada, apenas cuatro casas de pescadores, pero llegó la época del cuplé. Y la nueva societé tenia que veranear, era la moda. No estábamos ante  la Concha de San Sebastián, ni ante la atlántica Biarritz, ni la gabacha Niza. Pero eran los Alcázares. Tranquilidad, baños termales en la Encarnación, tertulias políticas, conspiraciones, amoríos y romances, en un clima fresco, lozano y apacible, donde se cerraban tratos al tiempo que se dormitaba plácidamente en la hamaca. 

Esta tierra, como decíamos anteriormente, fue sede de un cuartel del ejército del Aire, Aviación, que jugaría su papel en la contienda civil de 1936.

Sucesos importantes como el vuelo de Ramón Franco y otras anécdotas, mantenían a estas gentes ribereñas prendidas a su patria chica.

Hoy ya no es lo que era, porque está la autovía de la Costa, el camping Cartagonova en la zona de Bocarambla, a donde va a desembocar la rambla del Albujon, esa que nace de los cabezos de Carrascoy y las cumbres del norte de Tallante. Y hoy está el Polideportivo y el nuevo edificio del Ayuntamiento, majestuoso y congresual. Y hay múltiples restaurantes, comercios, industrias, y demasiado turismo para mi gusto.

Los años 50 y 60, eran de bullicio, las gentes del campo se iban a los Alcázares, al menos una quincena, la primera de Agosto era tradicional, la Virgen de Agosto, el dia 15, es la Virgen de la mar, la fiesta de la mar, la Virgen de la Asunción, patrona del lugar. Allí había que pasear a las hijas por el paseo de la feria, fuese como fuese. Era la fecha en que la gente decía que ya estaba el verano en las últimas, y además si llovía un poco, las dichosas cabañuelas, y refrescaba, se recogía el hato y a trabajar el campo, que la almendra y la algarroba estaban esperando para la recolección. En el mes de Julio la protagonista era la Virgen del Carmen, la patrona de los pescadores, el 16 de julio. La procesión marítima, los barco iluminados, las bengalas y el paseo de la orilla del agua a rebosar de publico de toda clase y condición. Y antes, ya ni me acuerdo cuando, el 18 de ese mes era fiesta, el alzamiento nacional, y el 25 también, Santiago, patrón de España. El que no iba nunca a la playa, iba el 15 de agosto, por lo menos. Ahora hay otras fiestas, la del 8 de diciembre, la Purísima en los Narejos, la semana internacional de la Huerta, y la fiesta de la obtención de la independencia el 13 de octubre.

En primera fila, en la orilla el agua decían, se alzaban las casas de los mas pudientes, sentados a tomar el fresco en las amplias terrazas. Eran los comerciantes, terratenientes, propietarios, militares o funcionarios de alto nivel. Los demás, a comer pipas sentados en los poyetes.

Han cambiado un rato los Alcázares, tienen 7 Kms de playas, pero yo creo que no van a caber dentro de poco los de la primera, segunda, tercera  e infinita fila de casas, y menos si nos vamos hasta los ingleses de Polaris en los límites con T, Pacheco. Demasiada gente para tan poca comida, pero ellos sabrán como repartírsela. Lo que si esta de calidad es el caldero, con pescado medio malo, de roqueo, que es el que da buen sabor, y hecho con leña y por pescadores y ese es plato típico, al igual que los langostinos del mar menor, pero de esos salen pocos y a buen precio.

Antonio Menarguez, cronista oficial de los Alcazares, desde hace poco tiempo, pero enamorado e historiador de su pueblo desde hace mucho, nos habla de las primeras familas de Olmos, Imbernon, Martínez que vinieron a pescar aquí. De los primeros alcaldes en guerra, Antonio Menárguez y Gines Zapata, de la base aerea que fue la primera base de hidroaviones de España desde 1915, y que recibió la visita de Alfonso XIII en 1920 y 1924 y que fue sede de la Academia General del Aire antes de irse a la Ribera. Y nos habla Antonio del primer alcalde constitucional, Manuel Menárguez, cuando el 13 de octubre de 1983 un Real Decreto concedía el ayuntamiento propio.

Todo esto son los Alcázares, de pescadores romanos a palacetes de descanso árabe, de pescadores republicanos a descanso de ricos propietarios. Un mundo de veraneantes y militares en las limpias, cálidas y tranquilas aguas del mar menor. Un paraíso en el campo de Cartagena. 

 


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