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La mujer campesina |
"Yo creo que la mujer es un ser para el dolor. Porque la mayor felicidad
para la mujer es su hijo, y el hijo el mayor dolor porque luego la deja. Yo
no creo en la felicidad de la mujer. Momentos de felicidad sí, pero sufrir
para ella es un destino."
Declaraciones de Carmen Conde en una entrevista realizada en 1978
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Mujeres del taller de alpargatas de F. Álamo |
Mujeres cogiendo tomates en la Venta Valero. La Palma |
Jóvenes de Miranda en los Alcázares |
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Reina y Damas de honor en las fiestas de Santiago en Miranda. |
Mujeres descascarando almendra en las Lomas de Albujón. |
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Mujeres partiendo almendra en el Jimenado. Torre Pacheco |
Grupo musical de los años 20 en el Jimenado, compuesto exclusivamente por mujeres |

LA MUJER EN EL CAMPO DE CARTAGENA
INTRODUCCIÓN
Cuando se hurga un poco en la idiosincrasia del género femenino, nos
encontramos con que las condiciones en las que se ha desenvuelto su existencia,
los problemas de los que ha conseguido salir con éxito y la acumulación
de tareas que se ha visto obligada a desempeñar, ensombrecen esa calificación
peyorativa de sexo débil. Tratar el tema de la vida de la mujer campesina
es bastante árido y poco gratificante, sobre todo si nos situamos en
siglos anteriores y más recientemente en la primera mitad del pasado
siglo XX. Ya no se trata de divagar sobre la negación del disfrute de
derechos humanos, de adentrarse en reivindicaciones feministas ni otros aspectos
de discriminación, sino simplemente de ofrecer una visión del
poder de adaptación de la mujer en unas pésimas condiciones, en
un ambiente hostil y sacrificado.
El campo siempre ha sido un hábitat especialmente duro, para cualquiera
de sus pobladores: hombres, niños, mujeres y ancianos. El hombre de campo
ha luchado contra la sequía, las plagas, las riadas, el hambre y la sed,
pero tal vez, o más bien seguro que no hubiese salido adelante y que
no hubiesen prosperado ninguno de esos gallardos y valerosos caballeros que
vinieron a lo largo de los siglos, repoblando estas tierras levantinas, sin
el concurso de la mujer que les acompañó y sirvió casi
siempre de apoyo espiritual y físico.
La mujer ha realizado su importante papel desde que el mundo es mundo. La dama
prehistórica de la sierra de la Muela, de Peñas Blancas o del
Cabezo Gordo de Balsicas, cuidaba de los hijos, encendía el fuego, cocinaba
la carne de caza, limpiaba los moluscos y el pescado que el esposo traía,
adoraba y temía a los Dioses, hacía utensilios rudimentarios y
cerámica para la cocina, curtía y cosía las pieles, y procreaba
sin medidas anticonceptivas fiables ni Centros de Planificación Familiar.
A lo largo de la historia de los tiempos la mujer ha sido la protectora, la
cuidadora, la que ha procurado mantener la familia reunida, y la que ha luchado
hasta la muerte por salvar hacienda e hijos. A pesar de épocas e imperios
en que el papel de la mujer ha sido muy relevante, estando incluso los destinos
políticos de los Estados en sus manos, es cierto que la mujer de base
casi siempre ha estado a la sombra del hombre, pero normalmente para dar soporte,
para aconsejar con su buena intuición, para poner la nota de femineidad
en la rudeza del entorno campesino.
La mujer ha estado postergada, o quizás se ha dejado arrinconar premeditadamente,
permitiendo al machismo imponer los cánones de conducta, al igual que
sucede en pleno siglo XXI en numerosos países del cono sur, en los que
vienen manteniendose tradiciones, costumbres y usos sociales totalmente vejatorios
para la mujer. Pienso que no es que la evolución y el progreso hayan
hecho cambiar al hombre en cuanto a su consideración y respeto hacia
la mujer, incluso es probable que en otras épocas fuese más la
consideración con el sexo femenino que en la actualidad, ya que hoy todavía
asistimos a escenas de malos tratos, a humillaciones y vejaciones impropias
de sociedades avanzadas.
No es mi pretensión, en estas páginas, llevar a cabo una discriminación
positiva de la mujer, pues entonces caeríamos en el todavía más
temido feminismo, apartando al hombre del importante papel que ha desempeñado
en múltiples sectores económicos, pero sí está en
mi ánimo dejar patente que la mujer, y sobre todo la mujer campesina,
ha luchado en demasía, ha sufrido más y ha sido, y lo continua
siendo, un pilar fundamental en la economía y en el desarrollo sociocultural
del medio rural. Si la mujer de la gran urbe estuvo alejada de la economía,
la política, la Universidad y del trabajo adecuadamente remunerado, nos
podemos imaginar lo que sucedía con la mujer del medio rural, incluso
en esa, todavía cercana, primera mitad del siglo XX. Su papel ha sido
polifacético y su esfuerzo ha sido innegable, por salir adelante, por
mantener viva una esperanza de futuro.
Hemos desarrollado este trabajo en varios apartados, concretando los diversos
papeles que la mujer ha desempeñado, desde la mujer niña a la
mujer adolescente, como ama de casa y como trabajadora extraordinaria en labores
no propiamente domésticas, tanto dentro como fuera del hogar. Hemos analizado
también el papel de la mujer como objeto de admiración y seducción,
como novia, como esposa y madre, como cuidadora, como anciana y abuela. El interés
de este trabajo es dejar constancia de que la mujer tuvo un ayer, escasamente
placentero y beneficioso, y que debe tener y tendrá un futuro esperanzador
en cuanto a libertad, igualdad y respeto a su dignidad como persona.
LA MUJER NIÑA
Las primeras décadas del siglo XX eran de pobreza y miseria. El campo
estaba arruinado y sólo sobrevivían relativamente bien algunas
familias de la ciudad, los ricos mineros, los militares, terratenientes, comerciantes
de los pueblos y profesionales liberales como el farmacéutico o el médico.
Nacer mujer y en el medio rural no era precisamente una bendición. Seguía
existiendo en la mentalidad campesina la cultura de que el varón es el
que vale para trabajar y la mujer era para la casa, pero ese sentimiento no
se correspondía con la realidad. Las hijas estaban para ayudar a la madre
en las faenas domésticas y poder casarlas cuanto antes, viendo también
en ellas la esperanza del cuidado cuando la ancianidad de los padres requiriese
de su atención. A pesar de estos avatares, tal vez esta etapa infantil
era la más agradable y reconfortante para el sexo femenino.
La niña de principios del siglo XX comenzaba a asistir con cierta regularidad
al colegio o al menos a tener una instructora de clases particulares, porque
anteriormente era más raro que recibiesen ningún tipo de instrucción.
En la Aljorra estaba la maestra Domingo, en Miranda la hija del maestro carlista
y en el Jimenado la señorita Ochando, esposa del maestro Virgilio Mateo,
que ejercían de profesoras aficionadas. El interés de las Juntas
de Protección a la Infancia y de algunas maestras y maestros, la ley
de 1904 de Protección a la Infancia, la creación de escuelas graduadas
y escuelas unitarias de niños y niñas, propició el que
pudiesen recibir al menos una enseñanza elemental. En la escuela aprenden
labores, llevan el bastidor y comienzan a bordar, aprenden normas de comportamiento
y se les la enseña la doctrina católica, lectura y escritura.
El catecismo del Padre Ripalda, Flora, la Buena Juanita, Lecciones de Cosas,
la enciclopedia de Dalmau y el Álvarez, serán los libros de lectura
y aprendizaje.
En el recreo juegan al corro Manolo, a saltar a la comba y a la palmada. Con
esos mofletes enrojecidos por el frío tempranero de la mañana
campesina y la cartera que le habían regalado los Reyes Magos, con la
libreta de renglones y el plumier con unos cuantos lápices de colores
Alpino. Para el desayuno, un crespillo, una onza de chocolate Supremo y un trozo
de pan, y el vaso de latón para que le dieran en la escuela un poco de
leche, porque la escasez de la postguerra, el raquitismo y la desnutrición,
hicieron que se recibiese ayuda alimenticia del pueblo americano.
Las más pequeñas pasaban el día con los abuelos, pues normalmente
vivía la familia al completo en la misma casa. Los abuelos maternos son
cuidados por la madre, y las niñas viven sus experiencias y gustan de
escuchar los relatos y vivencias de estos ancestros que llevaban más
sabiduría en su pensamiento que muchos intelectuales. Los abuelos eran
los estimuladores del desarrollo psicomotor de sus nietas. Cuando la niña
regresa del colegio, teniendo que esquivar tan sólo el carro o la tartana
que andaba lenta por la carretera de piedra y tierra apisonada, la madre la
manda a la tienda, a comprar unos tallicos de perejil, o mitad de cuarto de
calabaza para el potaje, o a la especiería a por un gramo de salsafrán.
Pocos juguetes tienen las pequeñas para divertirse, las Peponas, la Mariquita
Pérez, los recortables de muñecas en papel coloreado con los diferentes
vestidos, el caballo de cartón, el triciclo de fabricación artesanal,
las fachadas de casas fabricadas en papel y coloreadas, los juguetes de hojalata...,
pero el ingenio se les avivaba y hacían carretones con una caja y les
ponían como ruedas las palas de las chumberas que recortaban en forma
de círculo, o se hacían una casa imaginaria, mecían y contaban
sus cosas a la muñeca de porcelana, y jugaban a hacer de madres, a lavar,
planchar y tender algún resto de tejido que la madre les daba. Se entretenían
con sencillas cunas de madera que el carpintero del pueblo les había
hecho por encargo, o con artefactos fabricados con una caña y un alambre
al que se le daba forma de volante en un extremo y con el que se hacían
dos ruedas en el otro extremo.
Cuando salen por la tarde de la escuela, se juntan con otras amigas y juegan
a las tres en raya, a la gallinica ciega, a saltar a la patica coja, al tataramusa,
al cuchillo carnicero. Enseguida se hace de noche, sobre todo en invierno, y
se recogen en la casa. Hacen los deberes en el comedor o en la cocina, donde
se está más abrigado, mientras que la madre prepara la cena. La
niña se duerme pronto, no hay televisión, aunque en algunos hogares
se escuchaba Radio Andorra, pero a las pequeñas el sueño las vence,
y se quedan dormidas en la silla de anea, y mientras que los párpados
se les cierran, la madre les recita algún chascarrillo, dejando a medias
la frase para que la niña la termine en su infantil lenguaje:
Había una vez un vieje..cico,
que estaba ce..nando
y se le apagó el can..dil
y no tenía por donde..salir
y salió por la chime..nea
por donde el gatico.. mea,
y fue a ca su.. tio
y le pidió la.. jaca
pa ir a Cara..vaca
y de Caravaca a.. Roma
y se encontró una.. mona
y como era tan va..liente
se tiró un.. ! pum !
y le derribó los di..entes.
Los abuelos les estimulaban con juegos, como; al paso, al paso, al trote, al
trote, al galope, al galope, poniendose a la nieta sobre las rodillas y aumentando
la velocidad de movimientos de las piernas, d emodo que les hacían saltar
cada vez más fuerte, disfrutando de sus risas. O cogían a la niña
por el brazo y con la mano iban simulando cortes, provocando las carcajadas
infantiles. Les decían: si tu madre te manda a por carne, que no te den
por aquí , ni por aqui, ni por aquí, ni por aquí....subiendo
a lo largo del antebrazo y brazo de la niña hasta llegar a la axila y
hacerle cosquillas. Las pequeñas se colocaban por debajo de los abuelos,
que abrían las piernas, y cogiéndolas de los brazos les daban
volteretas.
Miles de historias eran repetidas día tras día, noche tras noche:
el tío sainero, el tío del saco, fantasmas que aparecían
y rondaban por los alrededores, húngaros que venían y robaban
niños y les sacaban la sangre, muertos que salían de los cementerios,
fuegos fatuos, y los cuentos clásicos de Perrault, de Calleja, de Blancanieves,
Caperucita, Hansel y Gretel, fábulas de Iriarte y Samaniego y otras miles
de historias sacadas de la noche de los tiempos.
A las niñas se les ocultaba casi todo, no se les hablaba de sexualidad,
no se les hablaba de pujanza económica de la familia, no se les hablaba
del parto de un hermano, no se les hablaba de problemas ni chismorreos de los
vecinos y no se les dejaba que presenciaran la muerte o el entierro de alguno
de los abuelos. Estaban en su pura y casta inocencia, pensando en la cigüeña,
en los reyes Magos de Oriente, en la fijación de unos valores tradicionales
y sobre todo inmersas en la dualidad: el bien-el mal. Todos los libros de esa
época y todas las poesías y fábulas, al igual que en épocas
posteriores sucedía con las películas de cine de la etapa franquista,
tenían por misión enaltecer valores e inculcarles la honradez,
la solidaridad, la caridad, el respeto a los mayores y ancianos, las buenas
obras con su correspondiente premio y desaconsejando la desviación insana,
que llevaba aparejada siempre su fatalista y correspondiente castigo.
Eran niñas atemorizadas, ante Dios, ante la vida y ante los hombres,
que poco a poco iban aprendiendo secretos e incógnitas de la vida que
les esperaba en su desarrollo futuro. El acontecimiento más grande en
la vida de una niña de esa época era la Primera Comunión.
Eran preparadas por las maestras y por el cura párroco en la catequesis,
enseñandoles el catecismo, la doctrina sagrada y otras reglas. Parecían
estatuas angelicales mientras que comulgaban. Era una gran fiesta la Primera
Comunión, sobre todo religiosa, porque a nivel lúdico el festejo
consistía en un escueto desayuno, una taza de chocolate con un bollo,
del cuál participaban unas pocas amigas y algunos familiares cercanos.
Los regalos recibidos iban acorde con la sencillez de los actos. Normalmente
obtenían algo de dinero procedente de los tíos y primos, de los
padrinos y vecinos, alguna medalla o cadena de oro y algún libro de cuentos.
No se les hablaba de que a determinada edad iban a ser mujeres, a iniciar la
menarquia, pues ya se les diría algo cuando tal evento tuviese lugar.
Lo poco que se sabía de las cosas prohibidas era a través de conversaciones
entre amigas y mediante captaciones a escondidas de frases procedentes de las
hermanas mayores o de los adultos. Pronto comenzaban a bordar en la casa, a
coser, a remendar, a hacerse los primeros pañuelos, a iniciarse en los
artes de la aguja y el bastidor. Pero la niña de entonces era ya una
mocica con tan sólo nueve o diez años y ella es la que se encargaba
de cuidar a los hermanos menores, de asearlos y peinarlos, prepararles el desayuno
y tomarles las lecciones del día siguiente; les ponía el dictado
y las cuentas de sumar y restar. Además se hacía cargo de las
tareas de limpieza de la casa cuando la madre estaba enferma o había
algún pequeño al que la madre debía darle de amamantar.
Si la familia era pudiente la niña seguía en la escuela hasta
los catorde años, pero si eran algo pobres pronto tendría que
irse a servir, bien a la casa de la señora marquesa, del terrateniente,
del alcalde pedáneo, del farmacéutico o el médico. Allí
permanecía hasta que se echaba un novio y se casaba. También ayudaban
en las tareas del corral, guardando los pavos y las ovejas, echando de comer
a las gallinas, cogiendo hierba para los conejos. Se encargaban de los recados,
de hacer la compra, de barrer y fregar, de poner la mesa. Es muy raro que tuviese
acceso a la educación secundaria y mucho menos a la Universidad. Las
pocas mujeres estudiantes de la época se inclinaban por el magisterio
o la enfermería, y normalmente su procedencia era de la ciudad. Al menos
hasta la generación de los años 50, era rarísimo que alguna
joven campesina iniciara estudios de bachiller o carrera universitaria, y si
alguna lo intentaba iba para maestra, enfermera o religiosa. Algunas mujeres
de Fuente Álamo, por ejemplo, hicieron carrera universitaria de farmacia,
pero eso era algo excepcional, al igual que la profesión de matrona.
La niña del pueblo observaba con admiración las viviendas de algunas
familias acaudaladas que venían a pasar las temporadas de verano desde
Cartagena, Murcia o Madrid. Residencias con ornamentados jardines, fuentes de
azulejos, interiores decorados con manises, donde no faltaba el piano, la gramola,
sofás de estilo isabelino y cómodos butacones. Ella veía
llegar y bajarse, de los elegantes serrés o de los primeros automóviles,
a las hijas del dueño, vestidas con trajes de moda, portando baúles
que guardaban preciosas muñecas y otros juguetes. Era un mundo que estaba
lejos de sus posibilidades y sólo podía pararse a admirarlo, a
hurtadillas, escudriñando a través de las tablas de la verja de
madera. Ella era una niña de campo, siempre poco considerada, y mirada
por encima del hombro por las niñas de la ciudad.
Era una niña a la que le asustaban esas viejas hurañas que vivían
solitarias y, según contaban las vecinas, que hablaban con los espíritus,
contactando con el alma del marido que murió hace tiempo. Y se asustaban
de los personajes insólitos que deambulaban por los pueblos, mendigos
harapientos que vivían bajo los puentes o en un casucho abandonado. Se
atemorizaban cuando oían a los mayores decir que el tío fulano
se había tirado a la balsa o se lo habían encontrado ahorcado,
colgando de una rama de garrofero o de higuera. Se asustaba ante la locura de
algunos vecinos que habían estado internados en el manicomio y salían
con permiso de vez en cuando, y se asustaba cada vez que la madre le decía
que si se comportaba mal la iba a meter interna en un correccional.
Todo era temor, miedo y respeto. La Guardia Civil, el celador, el cura, el médico,
el maestro, el padre, todos le daban miedo. Se le asustaba con las fantasmas
y las almas en pena, que aseguraban que en la noche de los difuntos iban errantes
por los caminos (muchas mujeres hacían promesas de vestirse con una sábana
blanca y salir de noche arrastrando una cadena atada a los pies). Las noches
de verano, sentadas al fresco a la puerta de la casa, sin alumbrado público,
con la luz del quinqué en la porchá o en el recibidor, miraban
al horizonte oscuro y tenebroso y sentían escalofríos si el padre
comentaba que parecía que se veía una luz a lo lejos, algún
fantasma tal vez.
Se les advertía que tuviesen cuidado con los sapos pues si les escupía
la saliva era venenosa y podían morir, o con las sanguijuelas del agua
de los pozos artesianos, de las balsas y acequias, porque si bebían de
esa agua se les podían quedar pegadas en el cielo de la boca y comerían
de su sangre. Se les precavía sobre los murciélagos, que eran
como vampiros que mordían en el cuello y chupaban la sangre. Se les advertía
sobre los perros vagabundos porque podían estar rabiosos y la mordedura
podría ser mortal. Las culebras se alimentaban de las mujeres que estaban
lactando; la picadura de los alacranes y tarántulas era venenosa y mortal.
Estaban ante un mundo de horripilantes animales y demoniacos habitantes, duendes
y gnomos. Parecía que no se había pasado del oscuro tenebrismo
del medievo. La madre compraba a ciegos y mendigos, que venían pidiendo
por las casas, unos folletos con macabros relatos de crímenes horrendos
y desgraciados sucesos ocurridos a jóvenes y niñas en otros pueblos,
y eran leidos en familia.
Pero junto a esta inculcación de temores y miedos, que para algo servía,
se les hacía vivir en ese mundo fantástico de los cuentos clásicos
como Blancanieves o Caperucita y se les entretenía con adagios, trabalenguas,
dichos y otras chirigotas, que eran contadas por los padres y abuelos. Ejemplo
de esto es el vamos a contar mentiras, del que existen muchas versiones, alguna
de las cuáles decía así :
Por el mar corren las liebres,
por el monte las sardinas,
por los bancales los peces,
los pillan con almireces,
y los llevan a vender
al pie de una rica torre
donde hay un río que no corre
por falta de unos zapatos,
yo vi una pelea de gatos
peleandose por un surco
y del surco nacía trigo
para comer toda España
y he visto tejer una araña
un lienzo para cien soldados
y he visto una casa rota
atada con dos espartos
y tirando dos lagartos
con la ayuda de un ratón
y he visto una procesión
de tábanos y mosquitos
y una vieja dando gritos
!que se me quema la casa!
vieja para qué dices eso,
que no se te quema nada .
Yo iba una tarde, sin merendar, me encontré un ciruelo, cargadito de
manzanas y al sonido de las nueces caían las avellanas.
Los juegos de trabalenguas eran muy utilizados y se decían algunos como
los siguientes:
La perra del Parra se quiere comer la parra del Guerra. Si la perra del Parra
no se hubiese comido la parra del Guerra, el Guerra no le hubiera dado con la
porra a la perra.
El cielo esta emborregado, ¿quién lo desemborregará?, el
desemborregador que lo desemborregue un buen desemborregador será.
A veces les contaban coplas populares :
Lagartijo tiene un hijo
y lo quieren hacer fraile
y su hijo quiere ser
torero como su padre.
Nicolás tenía una cabra
y la quería matar
y su padre le decía
por la leche,Nicolás
por la leche,Nicolás.
José se llamaba el padre
y Josefa la mujer
y un hijito que tenian
también se llama José.
Cuando la niña iba con la moquilla colgando, los mayores le decían
este chascarrillo:
-De donde eres?
- de sorbitón,
- de allí es mi padre
-de alli es mi madre
- de alli soy yo.
Otra diversión consistía hacerles rabiar contándole cuentos
como el de la pipa rota. El abuelo decía:¿quieres que te cuente
el cuento de la pipa rota? Y la niña respondía: Si, El abuelo
volvía a decir: Yo no te he dicho que digas que sí, te digo que
si quieres que te cuente el cuento de la pipa rota, La niña ya algo enfadada
decía: Que sí quiero, y el abuelo volvía a decir : Que
no te he dicho que digas "que si quiero", que te he dicho que si quieres
que te cuente el cuento de la pipa rota. Como es de imaginar el relato terminaba
con llanto y pataleo. También contaban el cuento de María Sarmiento,
que era una mujer que se fue a cagar y se la llevó el viento. Y repetían
el mismo estribillo decenas de veces hasta que la chiquilla se hartaba y se
iba con el cuento a otra parte. También cuando las niñas importunaban
pidiendo alguna cosa le decían los mayores: culico veo, culico me da
deseo.
Todas las noches le hacían rezar alguna oración al acostarse:
Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me laguardan. Ángel
de la Guarda, dulce compañía, no me dejes sola, que me perdería.
Era un acontecimiento la llegada de los carromatos de los húngaros, que
traían algunos animales y hacían números circenses. Los
circos recorrían los pueblos, instalándose en las eras y ejidos,
en ellas se adivinaba la ilusión de observar las fieras: cebras, tigres
y leones, algo sólo visto en dibujos y estampas. Y sobre todo el célebre
payaso Regaeras, que procedía de la localidad de Corvera y surcó
todos los rincones del campo cartagenero con sus célebres zapatones,
que hacía girar sobre el tacón. Las niñas jugaban con muñecos
de barro que la madre compraba o cambiaba al tío trapero por ropas viejas.
Se divertían con los muñecos de cartón que bailaban al
tirarles de un hilo, moviendo brazos y piernas, como los que hacía Antonio
el de los muñequitos, que los vendía en todas las fiestas populares
celebradas desde la Aljorra hasta los Alcázares. Las niñas disfrutaban
los domingos y días festivos comprandose un cartucho de pipas o un cuerno
de merengue del tío Cirilo, el confitero de la Aljorra, que estaba con
su puesto de torraos, medias lunas y otros dulces en todas las fiestas de los
contornos, o la torraera de Pozo Estrecho.
La niña campesina se sentía muy niña, pero al mismo tiempo
se sentía muy mujer, inmersa en una infancia de escasez, de enfermedad,
de orfandad muchas veces, de asistir a miserias y calamidades, o de ver acortada
su vida por la gripe de 1917, por la tuberculosis, la difteria o el sarampión.
LA MUJER ADOLESCENTE
Las niñas de entonces maduraban rápidas, habían acumulado
demasiadas experiencias negativas y demasiado sentido de la responsabilidad.
Tienen el miedo de su adolescencia, porque ellas se la resuelven sólas,
porque los padres no explican ni hay escuela de sexualidad ni talleres monitorizados.
Los primeros escarceos amorosos con los jóvenes del lugar se limitan
a miradas, sonrisas acompañadas de gestos de timidez, y muchos pensamientos,
aunque tenían presente que pecar podía serlo de pensamiento, palabra,
obra y omisión. La virginidad, el pudor, la candidez, estaban muy metidas
dentro de su subconsciente. Ya se encargaba el párroco de predicarlo
desde el púlpito todos los domingos y fiestas de guardar y la maestra
de inculcarlo en el colegio.
También cuando asistían al rosario de la aurora. El demonio siempre
estaba provocando y la joven debía de estar alerta y resistir todos los
embates de las tentaciones. El sacerdote tocaba las campanas y cantaba al amanecer:
Viva María, muera el pecado, y viva Jesucrito Sacramentado. El demonio
al oído te está diciendo, no reces el rosario, sigue durmiendo.
Las cuentas del Rosario son escaleras, para subir al cielo las almas buenas.
Asistían a misa con el velo y la rebeca o chaquetilla, pues era sacrilegio
el que no se llevasen medias, o que se viesen las rodillas o los brazos no estuviesen
cubiertos. Las tentaciones, la falta de respeto en la casa de Dios. Ellas se
fueron forjando en ese espíritu de cristiandad, en ese reservarse para
el matrimonio, en esa castidad imbuida por el temor.
No podían asistir a películas de cine aptas para mayores, incluso
eran clasificadas para mayores con reparos, mayores de 21 años, que ya
es ser mayor. Joselito en el Pequeño ruiseñor, Sissi emperatriz,
Dónde vas Alfonso XII, Marisol, Antonio Molina y el Pescador de coplas,
Marcelino pan y vino, Morena Clara, Jorge Mistral, Carmen Sevilla, Miguel Ligero.
Eran dramáticos melodramas en que los protagonistas malos siempre encontraban
su castigo.
Pero inevitablemente surgía el amor y con él venía la ronda
del admirador, que intentaba encontrarse con la joven a la salida de la escuela,
cuando se dirigía a las clases de Corte y Confección, en el atrio
de la ermita a la salida de la misa de doce, en el paseo por la carretera o
por la calle principal del pueblo, cuando cogida del brazo de otras amigas,
en grupo numeroso caminaban ocupando la calzada de lado a lado, por el recinto
de las fiestas, calle arriba y calle abajo, cruzandose las miradas o girando
la cabeza hacia otro lado como desagravio, o también obligando a las
amigas a dar la vuelta para no tropezarse con alguno que la pretendía
pero a ella no le terminaba de agradar.
La forma de conocerse, de acercarse y relacionarse era en los bailes de la verbena
o en casa de alguna amiga, cuando se celebraba alguna reunión. La madre,
y sobre todo el padre, si se enteraba de que hablaba con tal o cual muchacho
le reprendería y castigaría con dureza, porque no era de buena
familia, o porque al joven no se le conocía oficio. Dicen que su padre
era un gandul, un tirao, o que le daba mala vida a su mujer. Saber los antecedentes
del joven era fundamental para que los padres consintieran la relación
de su hija. ¿Quién era la familia?, ¿en qué trabajaba
el padre?, ¿cómo era la reputación?, eran factores trascendentales
en la permisividad del noviazgo.
En las casas particulares se reunían las jóvenes a jugar a las
prendas, al anillico, a echar los años, y allí se hacían
parejas o se intentaba que saliese emparejado el chico que gustaba a la joven.
En la plaza de la ermita se hacían los bailes de piñata y los
de pujas. Los mozos apostaban una cantidad de dinero, para poder bailar con
la que le gustaba, y otro mozo (a veces el padre de la muchacha) pujaba más
alto para evitarlo. En las carreras de cintas a caballo o en bicicleta, el chico
daba vueltas con su caballo y le preguntaba a la que pretendía de qué
color era la cinta suya, para ganarla y que ella le pusiera, ceñido al
pecho, el pañuelo que había bordado. La banda de música
sonaba cuando el joven lograba enfilar con su palillo el aro de la cinta enrrollada
en el carrete y algunos lucían orgullosos varios pañuelos de distintas
jóvenes. Las mujeres bordaban primorosamente sus pañuelos para
la carrera de cintas.
El pretendiente hablaba con la joven en las esquinas, cuando ella salía
a la compra, o bien se hacía acompañar por alguna amiga, o se
ponían caminando al lado en el paseo de los domingos por la carretera,
o se sentaban cerca en la verbena, pero con suma discrección, pues la
joven no bailaba con él, aunque éste se acercara con toda cortesía
y educación a pedirle baile, porque la madre estaba en la fila de atrás,
mirando cualquier movimiento, y ella era la que debía dar el consentimiento
de si podía bailar o no. Además entre los hombres, cuando tenían
intenciones de hacerse novia de alguna chica, solían decir: esa no ha
bailao con ningún hombre, como sinónimo de honradez y buena muchacha.
Pocas distracciones tenían las jóvenes de la época, oír
los seriales radiados cuando la radio a transistores entró en alguna
de las casas con más poderío. Ama Rosa, seriales de Guillermo
Sautier Casaseca, dramas de protagonistas ciegas, paralíticas, de amores
imposibles. También se leían novelas por entregas, novelas que
hablaban de sacerdotes tentados, de bandidos generosos, de damiselas enamoradas,
como Juan de Dios el médico de los pobres, Juan León el rey de
la Serranía, Genoveva de Brabante o Diego Corrientes, el ladrón
de Andalucía, el que a los ricos robaba y a los pobre socorría.
Las jóvenes tenían sus galanes de moda, Bogart, Jorge Mistral,
Sinatra, Gark Gable, Rock Hudson, Tony Curtis, y suspiraban por ellos. Las canciones
de moda fueron evolucionando desde las cupletistas hasta los italianos. La niña
de la Puebla, Imperio Argentina, Marifé de Triana, Luis Mariano, Angelillo,
Farina, Antonio Molina, Jorge Negrete, Antonio Machín, Renato Carossone,
Domenico Modugno. La zarzuela, el folclore regional murciano, el pasodoble,
el tango, la mazurka, la polka, el vals, eran músicas de estas épocas.
Pero los bailes solían hacerse, cuando eran agarrados, en parejas de
mujeres. Se bailaba con el hombre una vez casados.
Desde muy pequeña la joven campesina se borda su ajuar: mantelerías,
sábanas, pañuelos, fundas de almohadas, camisones de dormir, porque
la madre le había apuntado con alguna profesora de corte y confección
del pueblo. Aprende a hacer ganchillo y encajes de bolillo, a remendar, a zurcir
calcetines y medias, a coser botones, a hacer hojales. La preparaban para un
futuro en que la mujer tenía que hacérselo todo en casa, porque
si no dirían las gentes de ella, que era una desastrá, que no
valía ni pa tacos de escopeta.
Se divierten como pueden, con el ingenio. Juegan a echar los años, en
vísperas de Año Nuevo, escribiendo en papeles los nombres de mozos
y mozas, y anotando unos refranes o frases en otros papeles. El día de
Nochevieja se emparejan los papeles con los nombres de chicos y chicas, y se
adjudica a cada pareja un refrán, a veces con muy malas intenciones.
También se divierten con la inocentá, o con el torico San Marcos,
juego en el que se pedía dinero y se enseñaba después un
torico pintado en un papel, diciendo: el torico san Marcos paga. Durante la
cuaresma, que no había bailes ni se podía cantar ni oir la radio,
se jugaba a las prendas o al anillico, y a las cartas, a las damas, al parchís.
Fiestas ha habido y por tó lo alto, como se dice en el campo. Las carreras
de cintas a caballo o en bicicleta para conseguir los pañuelos bordados,
las veladas teatrales, la elección de reina y damas de honor. A veces
se producía el rechazo de algunas mozas a ser nombradas como reina o
dama de las fiestas, bien porque inicialmente no se acordaron de ellas y al
ser rechazado tal ofrecimiento por otras acudían a buscarles, o bien
por que los padres, con la severidad de aquellos años, no dejaban que
su hija se manifestase en público y estuviese en boca de tós,
aunque fuese pa bueno. Los novios celosos tampoco dejaban que su novia se entregase
a lucirse y ser admirada por los ojos de otros mozos.
Esta era la escasa diversión de la época. Acudir al casino, a
los bailes de la verbena, acompañados por la carabina (hermano o hermana
pequeña, madre de la muchacha) para vigilar que el honor familiar siempre
quedase en buen lugar. Por eso se llevaban a la novia, para huir de la imposibilidad
de cualquier manifestación amorosa o porque los padres de la chica no
consentían esa relación, y a veces porque la economía familiar
no daba para dispendios excesivos, se evitaba así con el rapto gran parte
del gasto. Las visitas a la novia eran dos veces a la semana ( miércoles
y domingo), y el resto del tiempo se escribían algunas cartas, si es
que sabían escribir.
El mozo terminaba la faena, como jornalero o peón, a veces ayudando al
padre en las tareas agrícolas, y los sábados por la noche, bien
peinado, con brillantina, y con el hato más limpio y nuevo se iba a galantear
a la puerta de la casa de la novia, aunque cayeran chuzos de punta, porque el
novio no entraba en la casa hasta que no hablase con el padre de la novia.
Tenía que pedir permiso para cortejarla y para sentarse en la casa. Después
de varios años de noviazgo, si el padre consentía, el joven podía
pasar al comedor o al recibidor de las casas, donde estaban los maceteros, el
perchero, el espejo, los cuadros con retratos de jóvenes del cuplé,
las fotos de las bodas familiares, algún almanaque del Sagrado Corazón
de Jesús o de la patrona de la parroquia. Además solía
exhibirse alguna muestra de la habilidad del ama de casa, como una especie de
neceser para el cepillo de la ropa, confeccionado en soporte rígido y
seda bordada. Otras veces se mostraba algún cuadro con una labor en punto
de cruz, que la abuela había bordado de niña, y en el que figuraba
el nombre de la autora y el año en que lo realizó.
La decoración era escueta: almanaques de diseño de tiendas famosas
de Cartagena o de Murcia, la escupidera de cerámica en uno de los rincones
del recibidor, una mesita en el centro con la maceta más vistosa, y las
sillas de anea o de enrejillado. La madre permanecía sentada, cosiendo
o remendando en el comedor o en la cocina, y vigilaba atentamente los movimientos
de los novios, interrumpiendo cualquier intento de acercamiento peligroso, bien
con un movimiento de su silla o con un leve carraspeo que más que producto
de faringitis y afonía era un toque de atención. Ni una palabra
se cruzaba entre suegra y yerno, si acaso el saludo, mientras tanto el padre
escuchaba la radio o dormitaba a pierna suelta, o se había ido a echar
una partida de dómino con los amigos en el ventorrillo.
El día de la Cruz, el 3 de mayo, los mozos iban con unos botes de almagra
y pintaban una cruz en la fachada de la casa de la joven que les gustaba y a
veces dejaban una cruz de madera con alguna nota anónima, pero que la
joven solía conocer de quién procedía. A las que no les
gustaban o eran algo ariscas o fresconas les colocaban un pencón de chumbera.
Las jóvenes recogían flores por los jardines de las vecinas y
con ellas enramaban la Cruz (en el Estrecho, Cabezo Gordo de Balsicas). El día
de San Antón se guardaba el rollico bendecido en el lugar donde se tenía
el dinero o en la cocina, lo que significaba buena suerte y abundancia económica
para la familia
Para hacer saber que una joven le gustaba, el pretendiente se paseaba andando
o a caballo, por la puerta de la casa de la joven una y otra vez, a veces tiraba
el sombrero y si la joven lo recogía era que aceptaba el noviazgo y si
ésta lo volvía a lanzar significaba que le despreciaba.
Era una adolescente sufridora, tal vez con las mismas pasiones y temores que
las adolescentes de cualquier época histórica, pero a la que el
hombre admiraba por su belleza, su honradez y su arte en las labores del hogar.
Era una adolescente preparada para el sacrificio, para cuidar esposo, padres
e hijos, para dar a luz sin anestesia epidural, para procrear y alimentar al
pecho a casi una decena de hijos y para ver cómo la parca se llevaba
a veces al esposo y a los más pequeños.
LA MUJER COMO ESPOSA Y MADRE
El irse de la casa paterna no significaba una liberación para la mujer,
era una nueva vida, pero a veces de mayor sacrificio, porque ahora era ella
la que tendría que sacar adelante la casa y los hijos y apencar con el
marido, que no siempre salía bueno. Las hembras de la familia eran incluso
infradotadas en las particiones de la herencia, pues el negocio familiar, la
tienda, las bestias y carruajes, los aparejos, las tierras y la casa de labor
eran para los varones que continuaban en el trabajo agrícola o en el
comercio. A las hijas se les dejaba escasamente su estricta legítima
pero sin mejora, incluyendo algo del mobiliario como las arcas o el armario
ropero, algunas fuentes, cobertores, etc.
Atender al marido y que todo lo tenga a punto es la meta última de la
mujer campesina. El hombre debe estar contento y satisfecho. La mujer debe cumplir
en la cocina y en el lecho. Hay que ser amante, madre, esposa, cocinera y médico,
decían algunas de las mujeres de nuestros pueblos, en referencia a la
relación con su hombre. Es necesario que el marido tenga ropa limpia
y el hato del trabajo preparado, y que el arreglo de comida (arreglar la capaza)
esté en su punto y hora. Además al hombre de campo no le gusta
que su esposa salga a trabajar fuera, el hogar es lo suyo. La limpieza, la cocina,
el lavar, la educación de los hijos, es a lo que debía dedicarse
en cuerpo y alma la mujer campesina, y sobre todo al marido, que era el cabeza
de familia, el que necesitaba de todas las atenciones porque se pasaba el día
trabajando de sol a sol para aportar el pecunio necesario para el mantenimiento
de la casa. Además a ella no le habían enseñado otra cosa,
lo mismo que la abuela hizo con su madre.
Hay que aguantar las borracheras del marido, la afición al juego y el
ver cómo se le va el poco patrimonio monetario de que disponen. Le riñe
por jugar demasiado a la lotería, pero tiene que soportar el malhumor
de los desastres económicos (los malos tiempos), que por desgracia son
habituales en el campo. Y aguanta insultos, golpes y malos tratos, porque está
mal visto que se separe, y además ¿dónde va a ir ella sin
el sueldo del marido?.
Si llueve y hay cosecha o si se vendieron bien las reses en el mercado de Fuente
Álamo, entonces comparte la alegría del esposo. Pero siempre sumergida
en la duda de los ingresos económicos, haciendo números para ahorrar,
para guardar para el mañana, para la enfermedad, por si el hombre cae
malo y se encama. No hay seguridad social ni retiro obrero, no hay medios para
mantener una larga enfermedad. Por eso le dice al médico o al boticario
que ya les pagará cuando venda los corderos o los huevos de las gallinas,
y en la tienda le apuntan los motes de los garbanzos y judías, y el azúcar
que se lleva, que tiene que comprar fiado, porque el marido no ha echado jornales
al estar lloviendo durante varias semanas. Un día tras otro en esa situación
le hace cavilar, cuando se acuesta rendida en la cama de palillos, mientras
que su esposo ronca. La mujer siempre piensa, da vueltas y más vueltas
a las cosas: la enfermedad del hijo, el pretendiente de la hija, las ausencias
del marido, las peleas familiares por la herencia, las cosas que hacen falta
en la casa, el ajuar para la boda de la zagala.
Coge los niños, alguno de ellos de brazos todavía y camina andando
varios kilómetros para acercarse a ver a sus padres que viven en el caserío
lejano. Y camina por las sendas y veredas, polvorientas o embarruntadas por
las lluvias, para llevarles la comida y asistir a la madre que ya está
anciana y no puede hacerse las faenas de la casa.
Si el marido está ausente, no se sale de la casa ni se va a fiestas ni
bailes. El padre está trabajando y remuerde la conciencia que los demás
estén divirtiendose. Y se queda viuda y sabe lo que es la pobreza, por
eso si todavía es joven, a veces busca otro marido que le proteja, que
le ayude económicamente y a sacar a los hijos adelante. No toma permisos
por maternidad ni antes de dar a luz ni después, porque los derechos
sociales no existen ni incluso para los hombres. Es ayudada por la madre o por
la suegra, y por las hijas mayores si las hay o por las vecinas, pero hasta
que está a punto de dar a luz sigue de pie, haciendo las tareas del hogar
y del campo, y no espera la cuarentena para proseguir esas tareas, y hasta se
lleva al pequeñajo al bancal para darle de mamar en un descanso de la
faena.
La mujer de campo ha sentido bastante afición por la medicina, en parte
porque hasta allí no llegaban los avances de la ciencia y porque la mayoría
de pueblos estaban al cuidado de un barbero-practicante o de una comadrona aficionada.
Por eso se transmitían entre vecinas los conocimientos y remedios para
las distintas dolencias. La mujer ha ejercido el papel de enfermera, tanto para
el marido, como para los hijos y los abuelos. Ella es la que aprende a quitar
el aliacán y el mal de ojo, con sus rezos y el aceite en el vaso del
agua, que le han enseñado un día de Viernes Santo. Sabe preparar
los cocimientos de malvavisco, las tisanas de tila y melissa, pone fomentos
calientes de manteca para las torceduras y afecciones de garganta y pasa un
tallo de romero por los ojos del niño con sarampión.
No lleva medias, porque eso es de señoritas de alterne, ni suele hablar
con hombres porque está mal visto. La mujer no vota en las elecciones,
los censos electorales son sólo de hombres mayores de edad. La mujer
no entra en los casinos, al menos en las salas de juego, ni va a los bares sóla
en ningún caso.
Ella es la que reza a Santa Bárbara cuando hay tormenta, "Santa
Barbara bendita, que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita,
y en el ara de la Cruz, Padre Nuestro, Amen Jesús. Se santiguan cada
vez que se ve el destello de un relámpago o suena el bramor de un trueno.
Ella es la que pone la palmatoria con la vela, para rezar a las Santas Ánimas
del Purgatorio. Ella espera al hijo y al marido que se fueron al frente en la
guerra civil. Ella es la que sufre cuando vienen los milicianos a llevarse al
marido o al hijo a darle el paseillo, o cuándo le encarcelan al marido
porque dicen que era "rojo".
Ejercen como curanderas, saludadoras, como la tía Benigna de la Puebla
que curaba las mordeduras de perros rabiosos, o Juana la Bibiana en la Aljorra
que curaba las dolencias de columna (lumbagos) pasando la mano y rezando unas
oraciones.
Cuando se le muere alguna hija, lee y relee los versos que le ha hecho el esposo
o algún aficionado, cómo estos recogidos en el libro de Juan Montoya
sobre la Puebla :
En el human vergel
eres tierna y linda rosa
y en forma de mariposa
la muerte libó tu miel
Tu cáliz naciente y fiel
se quedó seco enseguida
bien llorada y bien sentida
con suspiros lastimeros
serás por los jardineros
que cuidaron de tu vida.
La mujer campesina es una esposa sacrificada, enfermera y cuidadora, lavandera
y planchadora, cocinera y tejedora. Su vida está dedicada a los demás,
para ella queda poco tiempo. Ella es la última en cenar, en acostarse
a dormir y la primera en estar arriba. Toda la vida familiar transcurre bajo
su atenta mirada y control.
LA MUJER COMO AMA DE CASA
Es ahorradora y previsora. Sus gastos son regulares, los festejos son fijos,
su vida es austera y regular, siguiendo el almanaque al pie de la letra. Se
trabaja los días laborables, que en el campo son casi siete a la semana,
y se divierte los días festivos, que son contados: las tardes del domingo,
y los señalados como fiestas religiosas, sobre todo la Navidad. Es sobre
todo ama de casa, porque está obligada a ello. Está comprometida
con mantener todo en orden para que los hijos puedan asistir al colegio, para
que vayan aseados, para que el marido se encuentre a gusto.
Se pasan el día cocinando. Ellas hojean su libreta de recetas caseras,
transmitidas de abuelas a madres, y saben preparar el arroz con leche, distribuido
en los platos y fuentes de la fábrica de cerámica "la Amistad"
del barrio de Santa Lucía, o en la vajilla de la fábrica de la
Cartuja de Sevilla. Los buñuelos, el brazo gitano, las flores bañadas
en miel, las galletas rellenas de flan y fritas en aceite, el guiso de pelotas
de relleno, las migas ruleras, el estofado, son especialidades que saben hacer
como nadie.
Guisa en la cocina de leña, en aquellas cocinas de campana, con la olla
puesta sobre los hierros, en las brasas, a fuego lento, para que el potaje y
la olla gitana se cuezan reposadamente. Tiene que recoger la leña y poner
el puchero de barro, descascara habas y guisantes, monda las patatas y los tomates
y limpia los alcaciles. Prepara y aliña las olivas, bien enteras o partías
y les pone romero, o las deja en sosa sin partir, y las guarda en una orza de
barro, para ir sacándolas con el cucharón de madera y sirviendo
a la mesa. Hace conservas de pimiento, de tomate y prepara la carne de membrillo.
Sale a barrer la puerta, a rugiar la calle con el agua del pozal, para amagar
el polvo, que los carruajes y coches levantan al pasar, y recoge el estiércol
de las caballerías, que le sirven de abono para las macetas, para los
lirios y rosales, para los macetones que pondrá el día del Corpus
en el altar a la puerta de su casa.
Ella tiene que hacer todos los días la cama con el colchón de
borra o de lana, moviéndolo a pesar del dolor de espalda. Y debe sacar
la lana cada cierto tiempo, lavarla, ponerla a secar en el patio. Los vellones
de lana de las ovejas los tenían que untar con greda para quitarles la
grasa que llevaba, después desliar la lana para hilarla en el hilador
y tejer la colcha en el telar. Sacude en el patio las colchas y mantas, lava
la ropa en agua caliente, en los pesados cocios.. En ellos introducían
la ropa con jabón e iban cambiando el agua y una vez en remojo varios
días se echaba la ropa en la pila para volver a lavarla y enjuagarla.
Se hacía la colada una vez al mes o cada dos semanas, y la cantidad de
ropa era bastante considerable. Calienta el agua en la caldera de cobre, que
mueve con ayuda de una cadena y una palanqueta para apartarla del fuego. Refiriéndose
a una mujer honrada, trabajadora y curiosa, una copla popular dice:
Voy a echarme una novia
en las Canteras
que tenga pozo y pila
cocio y caldera.
Se decía de la mujer que era apañaica, porque enjabega con cal
las paredes de la fachada, y pinta los zócalos del interior con azulete,
y barre el suelo de tierra de la casa, porque el suelo de cemento o de loza
era propio de las casas ricas. Almidona la ropa blanca y plancha con la plancha
de carbón, que tiene que sacar a la calle o al patio, para ponerla al
viento y que se enciendan los tizones. Sale a recoger la hierba para los conejos
(cerrajones y acelgas), prepara el pienso con harina de panizo para echar de
comer a las gallinas, echa los desperdicios al gorrino y limpia las marraneras,
recoge los huevos que han puesto las gallinas americanas, ordeña las
cabras por la tarde para tener la leche preparada y venderla al lechero que
vendrá a llevarsela y comerciar por los caseríos o en la ciudad.
Y con el carretón de rueda de madera trae los cántaros de agua
desde el algibón comunal, o trae al pueblo los higos chumbos y las brevas
para vender a las vecinas. Compra o siega una garba de alfalfa para alimentar
a los conejos.
Ella recoge los pichones del palomar, los mata y los despluma, para guisar un
caldo con patatas y fideos, pues es un remedio dietético excelente para
la convalecencia de una enfermedad. Mata los pollos, pavos y conejos, arreglándolos
para cocinarlos. Ayuda en la matanza del cerdo, cuando tiene lugar en Navidad,
preparando las especias, limpiando los mondongos, ayudando a embutir al matachín,
colgando en la percha las butifarras, longanizas y morcones, salando los jamones,
y hace el frito de sangre con cebolla, o el revoltillo de asaúra, richihuelas
y otras vísceras del animal.
Además le tocan los temas más desagradables: ella es la que amortaja
al padre que ha fallecido, la que asea y mueve al anciano padre que está
a su cuidado, la que le da de comer a mano, la que ayuda a la vecina o a la
hija cuando están de parto, preparando el agua caliente, las toallas
limpias y las tijeras desinfectadas con alcohol para cortar la tripa del recién
nacido.
Ella da de mamar al lactante, a veces hasta los dos o tres años de vida,
y reza para no quedarse embarazada de nuevo, porque normalmente ya tiene una
prole numerosa y no puede más. Por eso es analfabeta, porque no tenía
tiempo de lecturas, pero no lo es tanto como algunos hombres que acudieron a
la escuela. Ella es analfabeta de letras pero no de sentido común y su
inteligencia es especialmente fina. Sabe más por mujer, trasmisión
genética, que por asistir a clase. Le enseñó la vida, y
la mujer de esos tiempos aprendía de oido, cultivando la tradición,
haciendo suyos los comentarios y enseñanzas de amigas y vecinas.
Además le queda tiempo para participar en la vida religiosa de la parroquia.
Pertenece al Apostolado de la Oración, a las Hijas de María, a
la Congregación de San Luis Gonzaga, a las devotas del Sagrado Corazón,
y acude a adecentar la Iglesia. En algunos pueblos se eligen las mayordomas,
que adornan, limpian el templo, lavan los ornamentos y tapetes de los altares.
Ella es la que cuida del panteón familiar, dónde reposan los restos
de sus padres o del hijo de meses que se llevó el garrotillo, la disentería
o el sarampión.Lleva las flores al Camposanto y limpia la tumba de los
seres queridos. Cuando vuelven a casa, el día de Todos los Santos, hace
las tostonás, limpiando y desgranando la panocha de maiz que guardaba
colgadas en la despensa. En la sartén, con la tapadera puesta, las explosiones
de los granos parecen como si fuesen fuegos de artificio, y ese es el festejo
grande del día 1º de noviembre, porque ese día no se sale
de fiesta.
Por la noche espera en la casa a que regrese el hombre de la taberna o del casino,
mientras que va cosiendo o bordando. Ella es la que vigila atentamente a la
hija cuando el novio viene a galantear, para que no se sobrepase. No es dueña
y señora ni de su propio cuerpo, porque se debe levantar al amanecer
y preparar la comida al marido que se va a trabajar a jornal a la finca de los
señores marqueses, o a trabajar en la carpintería o en la fragua,
o sale en bicicleta a las 6 de la mañana para el Arsenal o la Bazán.
Y también tiene que preparar el hato al zagal mayor, que está
de aprendiz en la herrería o como mozo de recados en la tienda.
Y a veces, el destino le castiga con un hijo minusválido, un retrasado
mental o un tarado físico, y como no hay residencias, ni casas de acogida,
ni camas de colchones hinchables, ni artefactos para levantarlo y bañarlo,
ella lo hace todo a base de manos y esfuerzos, y pasa por al lado de la silla
de anea donde está sentado ese niño y lo mira con ojos de madre,
con conmpasión y cariño, pensando lo que será de él
cuando ella falte.
El corazón se le sale a veces por la boca, aunque no pueda más
tiene que seguir, y se sienta en la mecedora y piensa en su juventud, en los
novios que tuvo, en los versos y trovos que le piropeaban, en las miradas cómplices
con aquellos mozos del pueblo cercano, y mira el calendario zaragozano, y sigue
sufriendo en silencio. Y cuando todos duermen ella reza el rosario, y repasa
las hojas de la parroquia, los recordatorios de defunción de familiares
y vecinos, lso recordatorios de comunión, las fotos de cuando no se habñían
marcado en su rostro y en sus manos la dureza del trabajo y el paso de los años.
Hay poca comida pero ella engaña y dice a los hijos que ya ha comido,
y se conforma con las sobras. No hay consumismo, nada se tira en la casa. Ella
lo guarda todo. Los muebles son pocos y sencillos: el armario, la mesa de canadá
de alas, la mesita del recibidor, algunos cuadros, los maceteros, el aparador,
las cuatro sillas de asiento de anea, porque no pudieron llegar a la media docena.
Cuando no tiene otro remedio va a la modista a hacerse el traje para la comunión
de la hija, para la boda del hijo o para el luto del padre. Pero sólo
a que le hagan el corte del tejido, porque coserlo lo hará ella, que
para eso aprendió, e incluso ella misma es la que corta y confecciona
los pantalones, la chaqueta o la falda. Y además remienda, cose forros
y acorta pantalones y faldas para que sean utilizados por los hijos menores.
Acude al horno, en las vísperas de Navidad, para preparar la harina,
hacer la masa de los cordiales, mantecados y rollos de anís. Prepara
el turrón de almendra o de chocolate, las bebidas de licores, de menta
o café. Prepara las pelotas de relleno para que coma toda la familia
el primer día de Pascua y todavía le da tiempo a oir Misa de Gallo
el día de Noche Buena, a acercarse a besar el Niño Jesús,
y pedirle por el hijo que está con una pleura desde hace semanas y parece
que no avanza.
Acude al templo con el misal y el velo. Se encarga de solicitar las bulas y
las indulgencias plenarias que concede el Santo Padre. Pero también sabe
vestirse de gala, de manola, con teja y mantilla, para acompañar a su
patrón o patrona en la procesión. Camina devota tras el Palio
con el Sagrario, que lleva el sacerdote y hace el Vía Crucis muy de mañana
en la Cuaresma, y va a encender su vela el día de la Candelaria, y a
ponerse la ceniza el miércoles de Ceniza, y a rezar el rosario de la
Aurora, al amanecer.
Guarda botones de las camisas y los pantalones viejos, hilos, sedas, trozos
de tela para remendar. Todo era aprovechable. El hombre guardaba púas,
tornillos, candados, clavos, hilos. Era un verdadero reciclaje. Remendaban los
sacos viejos, los capazos, las esteras de esparto. Se fabricaban las varas para
la almendra, la oliva y la algarroba. Todos contribuían con su esfuerzo
a la renta familiar. Era una economía de subsistencia, a veces complementaria
de otras profesiones, pero esos ingresos significaban una ayuda extra, una paga
extraordinaria para casar a la hija, para emprender un nuevo negocio, para hacer
una plantación nueva, para comprar los dos celemines de tierra que lindaban
con sus tierras o para ir a veranear a Mazarrón o a las playas del Mar
Menor como los Urrutias, los Alcázares o los Nietos. A veces guardaban
esos ahorros para los años malos, o para un caso de enfermedad del padre,
que llevaría a todos a la ruina si el hombre no podía trabajar.
Se casa joven, porque la esperanza de vida es corta. La mujer es ya vieja a
los 40 años y a esa edad no se permiten ciertas locuras. Ya se guarda
en la casa, la hija ha tomado el relevo, se coloca el pañuelo negro a
la cabeza, deja de cuidarse, y se dedica a transmitir sus conocimientos y a
cuidar de sus mayores que son ancianos. Guarda el luto al esposo fallecido.
No pisa los portales de la casa hasta la misa de duelo al cumplirse el primer
mes del fallecimiento, y lleva medias negras, blusa negra, falda negra, y pañuelo
negro a a la cabeza al menos durante tres años o incluso toda su vida.
Por el fallecimiento del abuelo se guarda luto entero medio año y medio
luto (vestido blanco y negro) otros 6 meses. Se tapaba la radio con un paño
negro y los visillos de las ventanas y postigos se ponen de tela de color negro
con lunares blancos. Guarda las esquelas de los vecinos y amigos que han fallecido,
los recordatorios de las comuniones, y en el libro de misa recopila montones
de hojitas con jaculatorias, oraciones, estampillas de santos y vírgenes.
Una vez viuda está mal visto que salga a las fiestas, todo lo más
a misa. No suele estar hablando con hombres, a pesar de que muchas viudas jóvenes
son asediadas por pretendientes, bien solteros o viudos, que le ofrecen una
vida distinta, pero ella conserva el recuerdo de su marido, muchas veces por
el que dirán.
La mujer ha tenido un papel fundamental en la propagación de la doctrina
católica. Normalmente el hombre campesino es creyente, al menos temeroso
de un Dios que no tiene nada que ver con la Iglesia y los curas, pero no le
agrada asistir a los oficios religiosos. Eso es cosa de mujeres, de las beatas.
El hombre va a la misa del gallo en Noche Buena, a la de Año Nuevo, y
a la fiesta del patrón o la patrona, y pare usted de contar. La esposa
es la que una vez que ha dejado en orden la casa y la cena puesta al marido
(que se va a la taberna, al ventorrillo o al casino), va a misa de siete, ya
oscuro en invierno, con el velo puesto, y con la chaqueta de manga larga, aunque
sea verano, porque eso significa un respeto a la casa de Dios. Entre ellas es
frecuente la vocación religiosa, se entrega a veces al servicio de Dios,
a la vida conventual o misionera, lo que supone una alegría para algunas
familias y menos para otras que ven cómo se acaba el linaje al ser su
única hija y adoptar el celibato.
La mujer participa en Cáritas Parroquial, renueva el ropero parroquial
para repartir a los necesitados, va a poner flores en el Altar Mayor, instala
el Monumento en Semana Santa y entona los cánticos habituales en la misa.
Su papel es conciliador, actuando como árbitro. Interviene en los tratos,
es mediadora, poniendo paz entre los enfados del marido con los linderos, porque
han labrado el margen del terreno que tienen. Aconseja al marido sobre la venta
de los corderos o sobre la venta de una casa o de las tierras. Compra retales
y lencería a los vendedores ambulantes, quincalleros; compra y vende
huevos, pollos o conejos al recovero, sale al oir el vocerío del pescaor,
a que el afilaor le afile los cuchillos y navajas y le repare el paragüas
de tela negra.
Ella es la que sigue y mantiene las tradiciones: el almanaque zaragozano, el
calendario del fraile, los refranes, las coplas de la siega, la Cruz de Caravaca
en bronce, que se abre cuando va a llover.
Y los domingos por la mañana, después de misa de doce, el marido
la invita en el bar o en el casino a tomar un aperitivo, un vermouth con gaseosa,
o una limonada con aceitunas, almendras y torraos. Es raro que vaya a veranear,
pues pocos disponen de casa en la playa o de dinero para alquilar una vivienda
en Los Alcázares o Los Urrutias. En el carro o la tartana, con todos
los chismes y utensilios van a bañarse, a hacer el novenario. Con los
bañadores hasta los tobillos, se cambian de ropa en las casetas del balneario
de San Antonio, y bajan por las escaleras hasta que el agua les llega al cuello.
No harían nada que despertara las bajas pasiones en los hombres.
La mujer campesina es recelosa, abre los ventanales y se asoma a través
de los postigos, sobre todo en los caseríos aislados. No confía
en los forasteros.
La madre limpia las manos en el delantal, porque lo lleva puesto todo el día,
le echa petroleo al quinqué, pone la torcía, y prende la mecha
con los fósforos. A la luz del quinqué en la mesa de camilla,
repasa las lecciones con la hija,
Cuando llueve, si comienza un chispeo o a mollinear, sale a recoger la cáscara
que tiene extendida sobre la baldosa o a tapar las almendras que estaban secandose.
En la casa no se canta ni se pone la radio en Semana Santa, ni se celebra baile.
Es una mujer de su casa. Está dispuesta a satisfacer cualquier necesidad
del marido, sacrificada en aras del esposo y los hijos, todos tiran de ella,
EL hombre le llama y manda, pon esto, traeme aquello, dame la pelliza, el sombrero.
Ella está atenta a los deseos del marido.
Le daban a los muebles de canadá, aceite de linaza, o petróleo,
para conservarlos. Limpiaban con limón y ceniza los cacharros de la cocina.
Trapo al suelo y bayeta , y a fregar los suelos, con las mangas remangadas y
las rodillas en la húmeda loza, La maceta de albaca, alhábega
fina en la puerta.
El cocio era una vasija de barro para lavar la ropa blanca,
Las palmas que se habían llevado y bendecido el Domingo de Ramos las
colocaban en la ventana de la casa o en la parte superior de la puerta de la
casa durante un tiempo hasta que se secaba. Era signo de bendición, de
proteccion divina, y de respeto a algo bendecido. Al igual que los ramos de
olivo. O los rollicos de San Antón, que aunque estuviesen duros no se
tiraban porque estaban bendecidos.
El pan no se tira, se besa y se da en la mano, decia la madre al mozalbete que
lanzaba el mendrugo de pan a la hermana que se lo pedía, durante la comida.
El pan duro servía para las sopas de la mañana y de la noche,
o para hacer migas en los días lluviosos. También se freía
en la sartén para untar con manteca o pringue de la matanza del cerdo.
Una torrá de pringue con un vaso de leche era el desayuno para muchos
niños. La madre ordeñaba la cabra y la leche la hervía
tres veces, por aquello de las maltesas. Si tenían rebaño, se
guardaba alguna zamarra de cabra o de oveja, para ponerla como estera y abrigarse
los pies, o bien las ponían de adorno encima del arca. También
sale a comprar una o dos medías de leche a los lecheros que van con sus
cuatro o cinco cabras por las calles del pueblo y los caseríos,
En la zona pesquera la mujer no comparte las faenas de la mar, se quedan en
la casa. Echan algunos jornales en el campo o sirven en las casas de los veraneantes
en el verano. A veces ayudan a desenmallar los pescados cuando traen las redes
con abundante captura.
Para el frío estaba la mesa de camilla y el brasero de carbón
o de leña, con las ascuas, o se calentaba agua y se echaba en una botella
de cristal, poniendola a los pies de la cama para quitar el destemple. Tambien
al pie del hogar o chimenea de la cocina, que al mismo tiempo que se mantenía
el fuego encendido para cocinar servía para calentarse.
El suelo de las casas era de tierra y lo barrían, y el zócalo
lo pintaban de almagra (rojo) o azulete (añil).
En la matanza , las muchachas jóvenes untaban a los matachines de hollín,
y estos les respondían untandoles con sangre . Se va comiendo y bebiendo
y se le gastan bromas a los mozos, poniendoles una morcilla rellena con ñoros
y pimienta. Despues la mujer prepara una fritá de sangre con cebolla.
Muchas mujeres se quedaban como mozas viejas ( solteras) bien porque el novio
había muerto y ya no volvían a entablar relaciones, o porque les
habia dejado por otra moza y una mujer galanteá por otro no la querían,
e incluso ella por despecho hacia los hombres prometía no volver a mantener
relaciones con nadie.
La mujer suele comer sóla en casa, con los hijos pequeños, pues
el marío está en el tajo, trabajando, y la cena sí la hacen
todos en común ( encebollao, trozos de bacalao, fritá de patatas
al ajo cabañil, fuente de bolicas de pimiento fritas).
Despues del parto la mujer va a misa acompañada por la madre o familiares,
hasta que no sale a misa no sale ni a comprar para comer.
La madre hace tostones, dulces o salados; minchirones en las tabernas y cantinas
de los casinos, con un vaso de vino,
En la Navidad, la cuadrilla ronda los caseríos y las mujeres abren la
puerta principal de la casa para que canten alguna copla y tomen algo, un vino
dulce, un licor de café o una copa de brandy y algunos postres caseros,
mazapanes, turrón de almendra, duro o blando, mantecados, suspiros, cordiales
de almendra, rollos de pascua. Se saca la bandeja, donde ha colocado los dulces
y turrones sobre una servilleta blanca bordada o un papel especial. La cuadrilla
les canta algo a la familia:
A esta casa hemos llegado,
todos con gran alegría
a pedir el aguilando,
a Perico y a Lucía.
La mujer no es trovaora, no improvisa, pero probablemente ha sido una figura
esencial para la conservación de esta tradición oral, porque ella
memoriza, recuerda y repite a sus hijos y nietos los trovos que ha oído
de boca de sus padres y abuelos. Muchas mujeres son grandes aficionadas al mundo
del trovo, como le ocurría a la madre de uno de los más grandes
troveros del Campo de Cartagena, Ángel Roca.
El trovo era una forma de entablar relaciones, de poder acercarse a la moza
por la que se desvelaban los mozos. Era frecuente que muchas de las misivas
de los pretendientes no fuesen en prosa sino que consistían en versos,
cuartetas o décimas, hechas por ellos mismos o encargados a expertos
en este arte poético.
La madre saca trastos viejos, sillas rotas, trapos usados, no muchos porque
había poco para tirar y la víspera de San Juan la echan a la hoguera.
En la víspera de San Juan, al amanecer, echan un huevo partido en un
vaso largo lleno de agua, y se va formando como una especie de barco (la yema
simula el casco de la barca) con las velas (la clara del huevo asciende hacia
arriba formando filamentos). Las viejas saben hacer adivinaciones, si la soltera
o viuda se va a casar, cómo va a ser el novio o el esposo; tirando el
zapato hacia atrás de la embarazada, si cae hacia abajo nacerá
un chiquillo y si es al contrario una niña.
Muchas mujeres son curanderas y curan las quebrancías de los lactantes,
enfajandolos con vendas, usando barro y rezos. Una mujer con gracia quita el
mal de ojo y el aliacán, no soliendo haber hombres que se dediquen a
estos menesteres. La mujer campesina es muy supersticiosa: si se le caen las
tijeras abiertas es signo de mala suerte, al igual que si entra un abejorro
negro en la vivienda o si se le derrama el aceite o se le cae el salero. Si
el abejorro es de color rojo es que va a haber visita. Trae mala suerte cruzarse
con un gato negro, dar vueltas al paraguas o pasar por debajo de una escalera
abierta. A los recién casados se les daba sal para desearles buena suerte.
No era bueno sustituir la primera cama de matrimonio. Si canta un mochuelo por
la noche en algún arbol cercano significa algo grave, una enfermedad
o la muerte de alguien de los alrededores.
Con aceite de linaza y aguarras, arreglaban las mesas de alas de pino Canadá
y las sillas. El Sidol para dar brillo a los objetos de cobre o bronce, manivelas
y picaportes de puertas metálicos. La greda para quitar las manchas de
aceite (piedra que se echaba en agua y se mojaba la ropa con ese líquido,
dejandolo secar al sol y limpiándolo después).
Se hacían los quesos con leche de oveja o cabra, Planchas de mano que
se calentaban en el carbon, Planchas de carbon, que se hacia aire con un margual
para que se encendiera el carbon . tenian que poner la plancha para que se encendiera
con el aire. Los colchones de lana, de los vellones de las ovejas. La lana de
la oveja la untaban con greda para quitarle la grasa. Se lavaba la lana en las
acequias, o en el caño de los motores de pozos artesianos. Despues se
abria la lana, bufada, para meter en la funda del colchón. Tambien se
hilaba la lana para hacer cobertores, un palo y dos cañas era el huso.
En los telares se hacían en dos mitades y después las cosían
a mano. Estaban tambien los llamados cobertores de ahorro, porque llevaban algodón
y lana. Las sabanas se tejían Las recias, para encima del colchón,
eran de algodón. Les daban la vuelta a los vestidos y chaquetas, fabricaban
colchas de tiras, con restos de retales, para encima de la cama como cubierta.
La mujer no bailaba con hombres , y venian a pedir baile los hombres. Decian:
esa no ha bailado nunca con hombres. En las cajas vacías de los dulces
de membrillo, se ponían los hilos y botones, La limpieza con zotal y
cal viva. El caballico de barro del tío trapero era el regalo de reyes
o del santo.
LA MUJER TRABAJADORA
Era mano de obra barata. La mujer campesina no sólo trabajaba en el hogar,
sino que hacía otras faenas extras en lo que constituye la empresa familiar
agrícola, y en ocasiones trabajando por cuenta ajena, aunque sea por
temporadas. La mujer recoge algodón, tomates, pimientos, guisantes, habas,
y también ventea la paja en la era. Hace de matarife junto al marido
y si el negocio familiar es el horno de panadería o la abacería,
ella está en la tienda despachando.
Si el marido es arriero y está enfermo, ella coge el carro y se va hasta
la Unión para transportar mineral hasta el lavadero. Varea y recoge almendra,
la descascara y la extiende en la vertiente para ponerla a secar. También
baja a la lonja a Cartagena, a vender las hortalizas, a comprar comestibles
para la tienda, y se encarga de la posada y el ventorrillo, aguantando malas
frases e impertinencias de los arrieros y trajinantes, de los comerciantes y
tratantes que se hospedan en el lugar. Vende pescado, hortalizas, cose pa fuera,
y de esta forma se busca sus perrillas, disponiendo de ahorros para poder gastar
en lo que se le antoje, caprichos (pocos caprichos), pero alguna crema de belleza,
alguna sortija o una cadena de oro con la Cruz de Caravaca.
Era de poca categoría trabajar en los bancales, indica poca clase. Pero
las mujeres humildes tienen que hacerlo porque no hay forma de sobrevivir y
esos pocos jornales le ayudan a mejorar algo la vivienda, a poner un suelo nuevo,
a poner azulejos en la cocina o a comprar el escaso y rudimentario mobiliario
que le hace el carpintero del pueblo: una mesilla de noche, una platera, un
cucharero.
La mujer tenía un gran papel en la vida campesina, pues ayudaba en las
faenas agrícolas, cogiendo algodón, tomates, habas, guisantes,
almendra, además de realizar todas las tareas propias del hogar, incluida
la crianza y cuidado de la prole. Participa en la vendimia, recogiendo la uva,
confeccionan alpargatas, va a los almacenes de envasado de habas y guisantes,
o a los almacenes de partidoras de almendra, y a veces a algunas industrias
que se inician en la postguerra como los talleres de cojinetes del Albujón.
Se han visto humilladas por los señoritos y amos, que trabajano de criadas
en las casas se veían obligadas a otorgar sus favores sexuales a estos
pudientes. Al igual que sucedió con algunas mujeres de prisioneros de
guerra encarcelados que se vieron obligadas a situaciones degradantes y a un
menoscabo de su dignidad en aras de poder sacar de la cárcel al esposo.
LA MUJER EN EL ARTE DE LA SEDUCCIÓN
Pero aparte de eso todavía le quedaba tiempo para ponerse guapa en las
fiestas y lucir su belleza natural, utilizando cosméticos caseros, como
miel, limón y aceite de oliva. Para ponerse en la cara utilizaban una
mezcla de glicerina con limón y botones de nácar, que metían
en una botella, brillantina en el pelo, glicerina en las manos, a veces greda,
y el jabón casero lo hacían con sosa, agua y los turrios que quedaban
de la molienda del aceite. Pocas pinturas de labios y ojos, a veces el arrebol
de los geranios. No estaba bien visto el uso de pinturas, los hombres preferían
los colores naturales de la piel.
Siempre ha sido seductora, ha estado en su papel femenino, pretendiendo gustar,
ser objeto de atención. Pero la mujer campesina ha sabido estar en su
papel de atracción, dandose al hombre en la justa medida. Era arriegado
acercarse a una mujer para intentar rozarla y menos con la intención
de darle un beso. Un soneto de Pepe Blázquez, natural del Campillo de
Fuente Álamo, dice así :
Fingióme una mujer que me quería
Y yo la amé a mi vez con tal exceso
Que a sellar nuestro amor fui con un beso
Creyendo realidad cuanto fingía.
Cuando dar aquel beso pretendía
Sorprendióme el más tragico suceso
De una gran bofetada senti el peso
Que sobre todo mi rostro recaía.
Cual recuerdo fatal, me queda el daño,
Que aun conserva mi rostro dolorido,
Pues jamás bofetón de tal tamaño,
En el tiempo que tengo he conocido
Aunque siento tan solo el desengaño
Y el tiempo que adorándola he perdido.
La mujer guapa siempre ha sido admirada, era toda una señora, una mujer
de bandera, dicen algunos hombres en recuerdo de alguna belleza de su epoca
joven. La cortesía, el piropo, el respeto, la admiración por la
gracia, por la belleza serena o por la gracia en el bailar o tocar las castañuelas
o postizas eran principios en los jóvenes galanteadores de esa época.
Eran centro de admiración, atractivas y deseadas, porque costaba llegar
hasta ellas. Para que una mujer se dignase hablar con un joven, debía
este de demostrar su hombría y caballerosidad. Por supuesto que siempre
ha habido excepciones y algunas eran más accesibles que otras, pero la
tónica general era de recato.
Los troveros aficionados, que había muchos en estos campos cartageneros,
tenían a mano siempre una inspiración para una belleza femenina.
Los pretendientes, si ellos no eran capaces de hacer una rima, le encargaban
a los más adiestrados en el arte que les compusieran algunas cuartetas,
quintillas o décimas, elogiando a la mujer de sus sueños. El célebre
Jose María Marín, el rey del trovo, componía estos versos:
Se a las mujeres querer
como a mi madre quería
es mujer la esposa mía
y otra mujer me dio el ser.
La encontré en el cementerio
orando sobre una fosa
feliz el muerto a quien reza
una mujer tan hermosa.
Dichosa el alma, dichosa
dije, del mortal aquel
que en esa tumba reposa
cuando así llora por él
una mujer tan hermosa.
Un precioso soneto de José Blázquez del Campillo de Fuente Alamo
dice así:
Mirandome en tus ojos pasaría
toda una eternidad si la viviera,
más siendo yo mortal, mi gusto fuera
morir entre tus brazos vida mía
Si cifrara en tus besos mi agonía
a tu merced mi vida depusiera,
pues cuanto tengo y por tener pudiera
tan solamente a ti, lo entregaría
Todo lo haría por ti, pues cada hora,
por ti siento crecer mi amor primero,
y a una mirada tuya, seductora,
entregado a tu amor me desespero,
por un vivo deseo que me devora
de probarte lo mucho que te quiero.
La mujer campesina sabe bailar, como nadie, las jotas, malagueñas, sevillanas
boleras, sevillanas de a tres, y se pone el refajo bordado por ella y va a lucirlo
en las fiestas del patrón. Y baila cuando la Cuadrilla de Fuente Álamo
toca el bolero, y cuando la familia Leandro va enseñando por los caseríos
ese baile típico de aquella zona. Sabe tocar las castañuelas y
bailar malagueñas, jotas y parrandas. Sabe tocar la guitarra y el acordeón,
aunque no suele formar parte de grupos musicales ni de Cuadrillas de Pascua.
En el Jimenado hay una imagen gráfica de un grupo de mujeres tocando
la guitarra, formado parte probablemente de un grupo de animación. Cuando
puede ojea alguna de esas revistas de moda como el Blanco y negro, en donde
la señorita de la casa en la que sirve, le dice como hay que maquillarse
con nuevos productos,
Las infidelidades quedaban recogidas en coplas populares ;:
La mujer que yo quería
me engañó con mala sangre
yo la perdoné, era buena,
la culpa fue de su madre.
Las coplas de galanteo, de desplantás, ( la ha dejao plantá, dicen
cuando el novio se ha ido con otra), o que se ha apañao fulano con fulana.
Un refrán popular oido en la Aljorra dice así: El hombre es fuego,
la mujer estopa, viene el diablo , fu, y sopla.
El teatro era una de las actividades preferidas de la mujer campesina. Era raro
el pueblo en el que no se había formado un grupo de aficionados que preparaba
algún sainete o comedia, sobre todo de Alfonso Paso o Carlos Arniches,
los hermanos Alvárez Quintero, y se hacían sus decorados, montaban
el espectáculo y lo llevaban también por los pueblos de los alrededores.
Sin embargo en otras artes como la pintura, escultura o literatura es raro que
se encuentren mujeres que hayan destacado dentro del mundo rural. Excepciones
como la poetisa María Cegarra de la Unión. Se hacian lecturas
de novelas por entregas en grupo, pues la mayoría eran analfabetas. El
gramófono, la radio, la television en el casino o en la casa de algun
pudiente,
Las circunstancias políticas de la época, sobre todo a partir
de la guerra civil de 1936, hicieron que la mujer no participase en actividades
sindicales o políticas hasta finales de los años setenta.
Siemore ha intervenido en cáritas, en el ropero parroquial, en asociaciones
de apoyo a familias necesitadas.
Y por la tarde, a la sesión de cine , a ver a Miguel Ligero, Antonio
Molina, Marisol, Joselito y a llorar con las sensiblerías de la época.
LA MUJER VIUDA Y ANCIANA
O se dedicaba a santurrona, como Mariana la Santa de la Puebla, que estaba ciega
y tenía todas las paredes llenas de estampas e imágenes de santos
y se pasaba el dia rezando, y dirigñia todos los rezos en los velatorios
o era partera o comadre de parir, como Dolores Gambín la Balaguera de
la Puebla,
La mujer anciana estaba apartada de las tareas domésticas, dedicada sobre
todo a los recuerdos, a hacer algunos recados, a cuidar de los animales domésticos,
a zurcir, a remendar, para entretenerse, porque era triste mantenerse en el
ocio y que el pensamiento se volcase hacia los pocos días, meses o años
que le quedasen de vida. Ser una inútil era su desesperación,
con el oido y la visión casi perdidos, con la mala memoria, y con múltiples
achaques, la anciana joven de aquella época estaba condenada a la mecedora
y a "empotrarse en la cama".
Acude a los velatorios, los entierros, a la misa diaria, a las novenas, acercandose
más a la religión que le predica el camino hacia la vida eterna
que ella ve cada día más cercano. La demencia senil, la trombosis,
las piernas que no le valen para sostenerse, era el triste final de una vida
de luchadora. No había Residencias-hoteles de ancianos, no había
camas articuladas, ni colchones antiescaras, no había cuidadoras a domicilio
por turnos de 8 horas. Ellas deseaban acabar pronto, con su miedo a sufrir dolores,
y a dar briega a las hijas o nueras. Ya poco les unía a este mundo, porque
mientras que su hombre vivía estaba entretenida y parecía que
su papel en esta vida no había acabado, pero después de enviudar
ya no era nadie, ni decidía ni opinaba.
La mujer anciana era un estorbo, pero se mantenía en la casa familiar.
El hijo o la hija no la llevaban a un asilo, a pesar de que ella renegase diciendo
que era el sitio dónde estaría mejor, para no ocasionarles problemas.
La mujer anciana moría en su cama de palillos, en su casa, junto a los
suyos, agarrada a la mano de los hijos, arropada con la visita de sus amigas
y vecinas, con la foto del marido premuerto en la mesilla de noche, rodeada
de sus recuerdos, desmontando en su subconsciente las miserias y grandezas pasadas,
lo que sólo ella conocía, sus secretos de mujer. La mujer anciana
había vivido una vida de sacrificio, y a veces no le quedaba ni tiempo
para terminar su existencia en paz.
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