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MUNICIPIO DE CARTAGENA

  DIPUTACIÓN DE LA ALJORRA  
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Grupo de aljorreños con el cura párroco D. Emilio Guardiola, el alcalde pedáneo, los somatenes, el celador municipal y otras autoridades, en la puerta de la Iglesia. Años 1930.

La Aljorra es una de las diputaciones clásicas del campo cartagenero. En la zona norte, lindando con Fuente Álamo por la rambla del Albujón, y ahora con la multinacional General Electric Plastic echando humos frente al viejo Molino de los Pesetos (Molino de la Hoya), entre la Mina y los Madriles.

Pueblo de contrastes paisajísticos, con la sierra del Pericón, la Cabezuela, los Gómez y los Victorias, haciendo de barrera natural con Fuente Álamo y con la diputación cartagenera de Campo Nubla. Es un pueblo agrícola y dedicado al sector del transporte. Como muchos otros del campo, sus pobladores se valieron del trabajo en las industrias cartageneras como Peñarroya, Española del Zinc, Refinería de Escombreras, Bazán, Arsenal Militar, etc, para sobrevivir en la crisis de los años 50 y 60 del pasado siglo XX.

Su patrona es la Purísima Concepción y su fiesta el 8 de diciembre. Es un pueblo luchador, inquieto, amante de la cultura y las tradiciones. Celebra fiestas de primavera a primeros de junio, y unas actividades denominadas "noviembre cultural", con exposiciones, teatro, pintura, folclore, trovos y otros eventos socio-culturales.

La Aljorra es una diputación de las del norte del término, que vive al pie de los cabezos, del Pericón, el más grande, y de la Cabezuela, junto a la Sierra de los Victorias y los Gómez. Allí se esconde el sol tras los montes, al poniente, donde parecía que se acababa el mundo para los niños de este lugar. En esas sierras, que son término de la Magdalena, es donde nacen las ramblas y torrentes: el barranco del niño, la rambla del saladillo, la rambla de los Piqueras, la de los Simonetes, que son las aguas madres desbordadas que formarán la rambla de Miranda, y que corren cauce abajo hasta perderse por entre los sembrados y eriazos de los Navarros, la torre de los Avileses, los Nietos y los Marines de Miranda.

 

 

 

La Aljorra está como abrazada por dos cauces; si exageramos un poco, casi igual que la antigua Mesopotamia, entre el Eufrates y el Tigris, pero estos cauces están secos todo el año, hasta que las nubes revientan y dejan caer cientos de litros, -llueve a cántaros, dicen,- y los mayores y pequeños, cuando sale de nuevo el sol tras la tormenta, se acercan a ver el espectáculo de ver pasar la rambla. Es la belleza de la furia de las aguas turbias.

Porque en estos pueblos, las cosas pequeñas son espectáculo, por eso el campesino sabe disfrutar con banalidades como puede ser el olor a ozono y a tierra mojada tras un leve chispeo, como sentarse a tomar el fresco en las noches tórridas del estío, o escuchando tocar a la cuadrilla en Navidad o mirando al fragüero como martillea en el yunque la clavija de hierro para fabricar una artesana reja cartagenera.

A la tierra de uno se la quiere, digan lo que digan, y al campesino se le escapa la  sensibilidad a raudales, lo mismo cuando oye la campana tañer porque se le ha ido un amigo al cielo, que cuando tiene que llevar a hombros a la Virgen de la Purísima Concepción, que es su patrona, la que el quiere de siempre.

Fernando Zaplana, el Jaro, le canta a su pueblo en un poema recogido en el libro de trovos titulado Espigas de mi cosecha: ERES DE MI ALMA DUEÑO/ PUEBLO DONDE YO NACÍ / ALJORRA, ERES PARA MI / MI PATRIA CHICA, MI SUEÑO / PUSE EN TI TODO MI EMPEÑO / A LO LARGO DE MI VIDA / BÁLSAMO PARA MI HERIDA/ ERES TROCITO DE CIELO / Y BENDITO SEA TU SUELO / TIERRA SAGRADA Y QUERIDA. Una bella décima para un hermoso lugar.

La Aljorra era árabe, también fue ibérica y romana y ahora es tierra de inmigrantes como otros muchos pueblos de la comarca. Su nombre procede del árabe -Al-Horra-, la libre. La esclava que ha sido manumitida o liberada- Una alquería del siglo XII–XIII, de frondosas palmeras, chumberas cuajadas de frutos, de olivos, algarrobos y almendros. Una huerta en medio del secano. Una alquería propiedad de una señora de Murcia, la Mursiya musulmana, y esposa de un gobernador de la  cora de Todmir, Abulcasim.

El poeta cartagenero Hazim al Qartayanni, en su poema llamado la Qasida Maqsura habla de Qartayanna al halfa. / Cartago paraíso del esparto, y relata escenas y paisajes de estos campos, desde Carrascoy  hasta al Buhayra al Kars, los Alcazares, desde Suyanna, Mazarrón, a al Zawiya ( la Azohía) . y describe : una caida persistente de lluvia regó el faro y las casas del monasterio, y las nubes continuaron pasando por la fuente de Tawba como las interminables  lagrimas de un pecador arrepentido. 

Y la Aljorra es repoblada por las tropas de reconquista de Alfonso X y Jaime I, en el siglo XIII, apareciendo su nombre. y le ofrecen las exenciones de impuestos, y su nombre aparece en privilegios del año 1254 y deslindes de términos de esas lejanas épocas- pero habrá soledad y despoblamiento hasta el siglo XVIII, cuando comienzan a roturarse  tierras baldías y comunales, cuando el campo se llena de gente, como vuelve a suceder ahora.

A finales del siglo XIX, con su ermita a punto de ser parroquia, con su torre que se inició en 1903, con su medico cirujano, sus maestros de primeras letras, su botica o herbolario, sus pequeñas tiendas y abacerías, ya es algo la Aljorra. Este pueblo sufriría las penurias de la guerra civil, asesinaron a su párroco D. Antonio Pascual en 1939, preso en la cárcel de San Antón, y quemaron las imágenes, archivo y ornamentos religiosos de la parroquia. Habría dura represión en la postguerra y encarcelamientos de simpatizantes de izquierdas. Un drama sin pies ni cabeza, tanto por uno como por otro bando. Donde esté el hombre que se quite la guerra, pero tal vez no hay demasiados hombres, y siguen y seguirán por los siglos de los siglos los inútiles conflictos armados.

Pero la Aljorra siguió adelante, con el racionamiento de harina, aceite, patatas y tabaco, y con la escasez y el estraperlo, el contrabando. Duros años 40, pero la gente, de izquierdas y de derechas, querían salir adelante, olvidar, trabajar, divertirse. Y por ello apareció el casino o centro cultural y deportivo. Y apareció el primer equipo de futbol, y el Cine azul, donde ponían música de Farina y Juanita Reina, Juanito Valderrama y Doña Concha Piquer, y los vecinos iban a ver la película de Marcelino Pan y Vino, o la Violetera con Sara Montiel, incluyendo apagones de fluido electrico y cortes de bastantes escenas en la proyección.

Y a lo largo del siglo XX, llegaría un gran médico a la Aljorra, D. Domingo Ballester Pedreño, aquel gran hombre y profesional, que descubrió la intoxicación por plomo de muchos vecinos de campo de Cartagena que consumían pan elaborado con una harina a la que añadieron plomo, y llegó en los años 40 un gran farmacéutico, D. Luis Guarch Rojano, que se desvivió por el pueblo, participando en la fundación del casino, del campo de fútbol, de la cooperativa de viviendas, de los festejos, de una academia para estudiantes, del teléfono, la cultura y de todo lo que redundara en mejoras para el pueblo y por eso tiene su plaza en recuerdo y llegó un alcalde D. Joaquín Navarro, un cura; D. Ángel Saura Torres, y maestros, buenos maestros, como D. Antonio, Dª Pilar Ochoa, D. Macario Benzal, D. Francisco Rabadán, D. Rogelio Hernandez, , Dª Carmen Sánchez. Y los maestros y maestras de los años 70 y 80, grandes luchadores y entusiastas de formar a sus alumnos. Y los pequeñajos a estudiar. Y de ahí surgieron los que hoy son maestros, químicos, abogados, médicos, enfermeras, economistas, farmacéuticos, ingenieros, políticos y empresarios. Y de ahí hasta llegar a jóvenes artistas de ahora como Cesar Mercader en pintura, o Joaquín Madrid, cineasta.

La Aljorra es tierra de camioneros, también de jornaleros que van a trabajar a Bazán, a Peñarroya, a las Obras del Puerto, también de comerciantes y tenderos, de agricultores del secano-

El abogado cartagenero Eugenio Martinez Pastor, en uno de sus prólogos de libros, hablaba de la Aljorra y decía: Mi infancia tiene hondas raices enclavadas en la tierra de la finca de la recovera, donde se regaba de madrugada, se espolvoreaba el azufre en frios y transparentes amaneceres, se recogían sacos de pésoles para comer o se buscaban collejas por los márgenes para hacer una tortilla.

Decía Martinez Pastor, que de mayor al recordar estas y otras muchas cosas, su subconsciente quería volver a ver otra vez las bandadas de cuervos volar hasta donde un burro muerto era devorado en una rambla, a cazar un lagarto entre las piedras, a perseguir culebras en los barbechos, a coger nidos de caverneras en el membrillero o localizar nidos de tutubía entre los trigales, porque para los que no lo sepan, cada pájaro hace su nido en un sitio diferente,  ¡que siempre hubo clases!.

La Aljorra es tierra de pésoles, guisantes, que dicen la gente fina, pero son pésoles, negrés y cuarentenos; es tierra de higos chumbos y verdales, de espigas de trigo y cebada, molidas en la era por el trillo de pedernal o de rulos, con el soporte de madera en el que va colocada la silla de anea con el hombre de chaleco negro sentado en ella, manos expertas guiantes de las ramaleras del mulo, negro de sol y serio, con sombrero de ala ancha, y un niño que juguetea tras él, agarrado a sus hombros.

Hoy ya nada tiene algo que ver con aquello. El parecido con la realidad es pura coincidencia, diría un escritor atrevido que pretendiese describir el paisaje y la gente del pueblo. Es cierto que está la misma Virgen hermosa, la de la Purísima, en esa Iglesia de decorado lujo, la Virgen de siempre, a la que le van a poner la mejor Corona, porque se la merece,  y está la torre, esa de 1903, con su reloj y una campana que suena a gloria, pero sus calles están ocupadas por esa soltería de hombres, inmigrantes solitarios, que parecen sujetar las esquinas. Y el tráfico es ensordecedor porque a unos dos Kilómetros está la macroplanta de General Electric Plastic, una tonelada de luces y watios al lado del viejo molino de los Pesetos, ese que molió la harina para Juan Pérez, el de la finca del Recobo, y para los caseros de la Casa Grande, y las gentes de la Mina y de los Madriles y para los Jiménez, los Ortega, los Navarro. La Aljorra comienza por el norte con una de las grandes fincas del lugar, cerca de mil fanegas, que fue propiedad del marques de Camacho, después de Adolfo el Ceño, después de  los Celdranes, D. Miguel y D. Francisco, después de Alfonso García y de la empresa Ferrovial y finalmente de los americanos- ¡Si aquellos abuelos levantaran la cabeza!.

Y lo malo es que de ese pobre molino de los Pesetos no se acuerda nadie, ni políticos ni empresarios. Incluso no se acuerdan ni los gerentes de GE Plastic, y mira que vale poco restaurar un molino, al lado de lo que cuesta mantener una planta de fenoles, vinilos y policarbonatos. Y no hay nada peor para ahogar aún más la pobreza espiritual del ser humano que el no poder encontrarse uno con el paisaje de su infancia, con algo que le recuerde a sus primeros años de vida y de esperanza.

De la Aljorra podemos hablar de su casino o centro cultural recreativo, desde el año 1948, una institución característica de muchos otros pueblos del levante. Arrastro, suena la voz ronca de cazalla y humo, te ahorco el seis doble, se oía en las tardes de los sábados, o en las noches de invierno envueltas en volutas de humo de tabaco picao de paquetón. Era el lugar de ocio, pero exclusivo para hombres. Alli se habla de fútbol, de toros, de coches, de negocios y de mujeres. Se juega al subastao y al domino, a los cuartos, a dinero, a veces a mucho dinero. Para encontrar a alguien hay que ir al casino, donde ponen el crespón negro y la bandera a media asta cuando fallece alguno de sus socios. El casino celebra hoy algunos encuentros culturales, homenajes a aljorreños,  exposiciones de pintura.

 

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Cuadrilla de segadores del tío Perico Pedro Antonio. La Aljorra. Años 1940

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